Hasta hace unos meses, el debate sobre la inteligencia artificial se centraba en los modelos de lenguaje: quién tenía el más potente, el más rápido, el más preciso, etcétera. Hoy en día, sin embargo, las noticias más destacadas giran en torno a la nube, los centros de datos, las plataformas y la integración con los sistemas operativos.
La competencia ya no se centra únicamente en la calidad y la fiabilidad de los modelos, sino en la infraestructura a través de la cual esa inteligencia se incorporará a la vida de las personas.
Y ahí es donde se decidirá el futuro: ¿quién influirá en la forma en que nos llega la información, en cómo se interpreta, se comprende y se utiliza? ¿Cómo daremos forma, entonces, a nuestro conocimiento?
Durante años, el debate sobre la soberanía digital europea se ha centrado en una pregunta sencilla, pero fundamental: ¿quién controla nuestros datos?
Es esta perspectiva la que ha guiado una parte importante de la política digital europea. Europa, a la que a menudo se acusa de estar excesivamente regulada, ha introducido el RGPD, que se ha convertido en un referente mundial en materia de protección de datos personales, la Ley de Mercados Digitales y, más recientemente, la Ley de Inteligencia Artificial; estas dos últimas han tenido como objetivo establecer normas en un mercado dominado por las plataformas tecnológicas globales.
La inteligencia artificial generativa está desplazando aún más el centro de atención: la cuestión ya no se reduce simplemente a dónde se almacenan los datos o quién puede acceder a ellos, sino que se vuelve más compleja y se centra en quién controla las herramientas mediante las cuales esos datos se transforman en una narrativa.
Es aquí donde surge una nueva dimensión de la soberanía digital: la soberanía cognitiva
Este concepto nos obliga a ir más allá de la mera disponibilidad de la información y nos exige que conservemos la capacidad de comprender, interpretar y orientar los procesos mediante los cuales esa información se convierte, en primer lugar, en respuestas a nuestras preguntas; a continuación, en representaciones de la realidad; y, por último, en decisiones.
De la información al conocimiento: el cambio de paradigma en la inteligencia artificial
La comunicación digital de los últimos veinte años ha tenido una constante: los motores de búsqueda. Google y el resto de grandes actores del sector han organizado la ingente cantidad de información disponible en la web, haciéndola accesible a los usuarios; para las empresas, esto ha supuesto desarrollar estrategias cada vez más sofisticadas para ganar visibilidad: optimización de contenidos, SEO, posicionamiento en los motores de búsqueda y gestión de la reputación online.
La pregunta fundamental en el ámbito de la comunicación digital ha sido, desde hace tiempo:
«¿Cómo pueden encontrarme?»
Por supuesto, había un inconveniente. La reputación de una empresa podía verse comprometida en cuestión de horas; cuando se producía un incidente negativo, los primeros resultados de los motores de búsqueda se veían inundados de contenido procedente de periódicos y agencias de prensa, y el mero hecho de conseguir que el comunicado de la empresa apareciera entre los primeros resultados ya suponía un éxito.
Hoy en día, sin embargo, la inteligencia artificial generativa está introduciendo un modelo diferente: los usuarios ya no preguntan «¿Dónde puedo encontrar esta información?», sino que, cada vez más, preguntan: «Dame una respuesta».
Y aunque la respuesta no siempre es precisa, el proceso es sin duda muy sencillo. La experiencia del usuario es tan eficaz que corremos el riesgo de aceptarla sin cuestionar la calidad del proceso que ha dado lugar a esa respuesta. A menudo, incluso los enlaces proporcionados como fuentes de la respuesta parecen superfluos, y la cuestión de la fiabilidad de las fuentes —sobre la que un oráculo digital como Wikipedia ha construido su filosofía y su éxito— corre el riesgo de perder relevancia ante nuestra propia pereza.
Por lo tanto, el enfoque cambia: de la investigación a la síntesis, del acceso a la interpretación. Es precisamente este cambio el más significativo.
Un sistema de inteligencia artificial hace mucho más que limitarse a recuperar contenidos: los selecciona, los relaciona, les asigna una ponderación y construye una narrativa. El intermediario del conocimiento está pasando de ser un simple recomendador de fuentes a convertirse en un nuevo «creador de contenidos» que nos habla del mundo.
Pero, ¿qué criterios determinan lo que una inteligencia artificial considera relevante y fiable para nosotros?
La competencia está pasando de los algoritmos a los ecosistemas
La ventaja competitiva se deriva de la integración de diversos elementos, como la infraestructura informática, la nube, los datos, los modelos de inteligencia artificial y las aplicaciones, hasta las plataformas a través de las cuales los usuarios acceden a los servicios.
La colaboración entre gigantes como Microsoft y OpenAI, la integración de la inteligencia artificial en los productos de Google, Apple y Amazon, y las inversiones de Nvidia en infraestructura informática demuestran que las grandes empresas tecnológicas han superado el reto tecnológico y ahora compiten por su capacidad para crear ecosistemas integrales.
Quienes controlan estos ecosistemas no se limitan a controlar una herramienta, sino una parte cada vez mayor de los procesos mediante los cuales se producen, distribuyen y utilizan la información y el conocimiento.
De la soberanía digital a la soberanía cognitiva
La cuestión no se reduce a quién dispone de los recursos tecnológicos necesarios para procesar la información, sino a quién establece los criterios según los cuales esa información se interpreta, se organiza y se transforma en conocimiento.
Esta es la fase por la que estamos pasando actualmente.
En un mundo cada vez más marcado por los sistemas inteligentes, el riesgo ya no es simplemente el de perder el control sobre los datos, sino el de ir perdiendo poco a poco la capacidad de comprender cómo se construyen las respuestas que guían las percepciones, los comportamientos y las decisiones.
El reto ha pasado de impedir que el conocimiento circule por los ecosistemas globales a garantizar que dichos ecosistemas sean transparentes, pluralistas y capaces de tener debidamente en cuenta las diferentes perspectivas.
La soberanía cognitiva consiste en conservar la capacidad de participar en la construcción de los sistemas a través de los cuales interpretamos la realidad, ya que quienes influyen en los procesos de selección, síntesis y distribución del conocimiento ejercen una nueva forma de poder: no necesariamente el poder de poseer información, pero sí, sin duda, el poder de determinar su significado.
La comunicación entra en la era de los intermediarios artificiales
Esta transformación también tendrá consecuencias de gran alcance para el mundo de la comunicación.
La pregunta ahora es: «¿Cómo puedo conseguir que un sistema que interpreta la información en nombre del usuario me reconozca como una fuente fiable?». Se trata de un cambio significativo.
La reputación digital ya no dependerá únicamente de la presencia en Internet, la interacción o el posicionamiento en los motores de búsqueda; también dependerá de la capacidad de ser comprendida correctamente por los algoritmos que, cada vez más, mediarán en la relación entre las organizaciones y las personas.
Esto plantea nuevas preguntas sobre la sostenibilidad de la comunicación digital.
Cuando hablamos de sostenibilidad digital, no solo nos referimos al impacto medioambiental de la tecnología —como el consumo energético de los centros de datos, la eficiencia de las infraestructuras y el volumen de los contenidos digitales—, sino también a su impacto social y económico. Si bien todo el contenido digital consume recursos, también tiene un efecto en el ecosistema de la información: influye en qué información se hace visible, qué conocimientos se valoran y qué narrativas adquieren autoridad.
¿Cómo cambiará nuestra sociedad si está determinada por algoritmos que son cajas negras?
Se trata de una especie de «huella cognitiva» de la comunicación digital: mientras que la sostenibilidad medioambiental mide el impacto de la tecnología en el ecosistema físico, la sostenibilidad cognitiva se centra en su impacto en el ecosistema del conocimiento.
La soberanía cognitiva como nueva frontera de Europa
La próxima fase de la transformación digital vendrá determinada por nuestra capacidad para desarrollar tecnologías más potentes y crear ecosistemas en los que puedan coexistir la innovación, la competitividad y los valores democráticos.
Por eso, la soberanía cognitiva debería ser una parte integral del debate sobre la sostenibilidad digital. No se trata solo de tecnología; se refiere al potencial de la inteligencia artificial para mejorar las capacidades de pensamiento crítico de las personas, fomentar el pluralismo informativo, hacer que los procesos de toma de decisiones sean más transparentes, valorar la diversidad cultural y lingüística, y evitar que el conocimiento se convierta en un recurso controlado por un puñado de actores globales.
El principal reto al que se enfrenta Europa, derivado de la llegada de la inteligencia artificial, es contribuir a dar forma al modelo de sociedad que surgirá de esta transformación.
















