Redistribución, código abierto y nuevo feudalismo tecnológico: una relectura del ODS nº 1 a través del mito de Robin Hood
Robin Hood no era sólo un forajido: era un rebelde con un gran corazón. Vivía al límite, en el bosque de Sherwood, pero su mirada siempre estaba puesta en los que estaban peor. Robaba a los ricos, sí, pero no para sí mismo: lo hacía para devolver la dignidad a los que no la tenían. Con arco y flecha, luchó contra la injusticia, y nos dejó un poderoso mensaje: que la rebelión, cuando nace del cuidado de los demás, puede ser un generoso acto de amor.
Pero hoy, en un mundo de datos y algoritmos, ¿quiénes son realmente los «ricos»? ¿Quiénes son los «pobres»?
Y sobre todo: ¿sigue Robin Hood con nosotros… o se ha puesto la corbata del sheriff de Nottingham y trabaja en una multinacional?
El bosque de Sherwood se ha convertido en una red
Robin Hood nos enseñó que se puede luchar contra la injusticia con valor y generosidad. Pero hoy, en el mundo de los datos y los algoritmos, las flechas se han convertido en códigos, y el bosque de Sherwood ya no tiene árboles, sino servidores, cables y nubes, y se parece más a una granja de servidores. El ciberespacio es el nuevo territorio en disputa, y los señores feudales son las Big Tech: empresas que controlan los códigos, las plataformas, las infraestructuras.
Los «ricos» son los que saben navegar por lo digital, los que tienen acceso, competencias, conexiones. Los «pobres» son los rezagados: los que no tienen acceso a internet, los que carecen de competencias digitales, los que están aislados por motivos económicos, los ancianos, los que viven en zonas periféricas, los que carecen de herramientas o apoyo.
En Italia, casi el 70% de los mayores de 75 años no utiliza Internet (fuente: ISTAT). No por elección, sino porque nadie pensó en ellos cuando se decidió que todo se volvería «inteligente». Y así, mientras las aplicaciones prometen comodidad, quienes no saben utilizarlas se quedan fuera. No es sólo un problema técnico: es una cuestión de dignidad.
¿Y Robin Hood? Puede que hoy lleve una insignia corporativa, asista a mesas redondas sobre ética de la IA y firme códigos de conducta. Pero si realmente quiere mantenerse fiel a su espíritu, necesita volver entre la gente. Debe preguntarse quién sale perdiendo, quién no puede entrar, quién necesita que le echen una mano. Porque la innovación, si no es para todos, no es justa. Y la justicia, la verdadera justicia, no se mide en gigabytes, sino en humanidad.
La desigualdad no es sólo material: es digital, y crece cada día.
Robin Hood digital: el código abierto como acto de rebeldía
Pero no todo está perdido. Existe un Robin Hood digital: es una comunidad viva de personas que escriben código para compartir, no para controlar. No lleva una capucha verde, sino quizá una sudadera desgastada frente a una pantalla, y en lugar de un lazo utiliza un teclado y conexiones.
El movimiento del código abierto es su flecha más afilada: software libre, conocimiento compartido, acceso abierto.
Proyectos como Linux, Wikipedia, Mozilla son herramientas creadas para restaurar el acceso, el conocimiento, la libertad. No hay ánimo de lucro en el centro, sino el deseo de construir algo que sirva a todos. Y detrás de estos proyectos hay historias reales: estudiantes, activistas, ingenieros, ciudadanos que deciden poner su tiempo al servicio de una visión más justa.
En Italia, redes como Ninux llevan Internet donde no llega el mercado. Plataformas como OpenPolis ayudan a entender cómo se gasta el dinero público. Los hackers cívicos son los nuevos arqueros de la justicia digital, a menudo invisibles, que trabajan para hacer los servicios más accesibles, más transparentes, más humanos. No actúan con ánimo de lucro, sino para redistribuir el poder. Y lo hacen con creatividad, valentía y visión.
En un mundo en el que el algoritmo decide quién ve qué, quién tiene voz y quién calla, el código abierto es una forma de suave resistencia. Es decir: «Este conocimiento pertenece a todos. Esta tecnología puede tener razón». Y quizás, Robin Hood no ha cambiado de bando. Sigue entre nosotros. Sólo que hoy lucha con empatía, competencia y una conexión estable.
Pero, ¿y si Robin Hood se hubiera vendido?
¿Y si nuestro héroe hubiera cambiado de túnica? ¿Y si en lugar de vivir en el bosque, hoy trabajara en un espacio abierto, con una insignia de la empresa y una corbata ajustada?
Muchos pioneros de la web, aquellos que en su día prometieron libertad, compartir y acceso para todos, se han convertido ahora en parte del sistema. Las start-ups nacidas para «democratizar lo digital» ahora venden nuestros datos a los anunciantes. Algoritmos que se suponían transparentes y justos ahora deciden quién ve qué, quién tiene voz y quién permanece invisible.
El bosque ya no es libre: está vallado, vigilado, monetizado. Quien no puede pagar, se queda fuera.
La libertad se ha convertido en un servicio premium, la privacidad en una opción de pago.
Quizá Robin Hood ya no sea el rebelde que conocíamos; de hecho, corre el riesgo de ser el sheriff. Tal vez hoy redacte políticas corporativas, participe en paneles sobre ética de la IA y firme códigos de conducta que nadie hace cumplir realmente.
Pero no es una rendición. Es una invitación. Para recordarnos que lo digital aún puede ser un espacio justo, humano y abierto.
Que la rebelión no ha terminado: sólo se ha desplazado. Hoy, más que nunca, necesitamos que alguien vuelva a luchar por los sin voz. Quizá con menos flechas, pero con más escucha.
La pobreza digital es real
La pobreza digital no es un concepto abstracto: es una realidad que se toca con las manos, cada vez que alguien se queda fuera de una videoclase, de una entrevista en línea, de un servicio público que ahora «solo se hace vía app». Son historias de personas, no de números. De niños que no pueden ir al colegio a distancia, de padres que no pueden rellenar un formulario, de ancianos que no saben cómo reservar una cita con el médico.
Sin embargo, el informe de Deloitte & ISPI – The Digital Divide: A Barrier to Social, Economic and Political Equity (septiembre de 2025)- presenta cifras claras y desarmantes. Más de 2 600 millones de personas en el mundo no tienen acceso a Internet. En los países ricos, el 93% está conectado. En los más pobres, sólo el 27%. Incluso dentro de las mismas fronteras, la brecha es profunda: en las ciudades se navega, en las zonas rurales se está rezagado.
Como nos recuerda Andrea Poggi (Jefe del Centro de Políticas Públicas y Relaciones con las Partes Interesadas de Deloitte Mediterráneo Central), «la brecha digital no es sólo una cuestión de infraestructuras, sino también de competencias. Los jóvenes y las mujeres son los grupos más expuestos a la brecha digital: en los países de renta baja, por ejemplo, el 90% de las chicas de entre 15 y 24 años no tienen acceso a Internet y sus posibilidades de adquirir competencias digitales son un 35% inferiores a las de sus compañeros varones».
Esta exclusión no sólo es injusta: tiene un coste muy alto. La falta de conexión no es sólo una cuestión de cables o de señal: es una cuestión de personas. Según el Banco Mundial, el mundo podría perder hasta 2 billones de dólares de crecimiento económico en la próxima década a causa de la brecha digital.
El verdadero coste de la pobreza digital no se mide en gráficos o presupuestos: se mide en las vidas que se dejan atrás. Es la historia de quienes no pueden enviar un currículum porque no saben abrir un archivo PDF. De los que renuncian a una cita con el médico porque no saben utilizar la aplicación de su hospital. De quienes querrían opinar sobre un tema que les preocupa, pero no saben dónde hacer clic para participar.
Son sueños que se quedan encerrados en un cajón, voces que no se oyen, manos que no saben dónde hacer clic. No es falta de voluntad, es falta de herramientas, de acompañamiento, de confianza.
Cuando lo digital excluye en lugar de incluir, no es sólo un error de diseño: es una herida en la vida cotidiana. Es el joven que no puede matricularse en un curso, la anciana que falta a una cita médica, el padre que no puede seguir el registro electrónico de su hijo.
Cada exclusión digital es una historia que se rompe. Y cada vez que no nos damos cuenta, esa herida se ensancha. Porque lo digital, si no está pensado para todos, no es progreso: es distancia. Y detrás de cada «no conectado» hay una persona que espera ser vista.
Redistribuir el conocimiento digital no es sólo una opción ética: es un acto de justicia. Es reconocer que el derecho a estar conectado forma ya parte del derecho a ser ciudadano. Se necesita formación, se necesitan infraestructuras, pero sobre todo se necesita voluntad. Porque lo digital, si no es para todos, no es progreso: es sólo otra forma de crear distancia.
Conclusión
Y así, la provocación es inevitable. El verdadero Robin Hood de hoy no lucha con arco y flecha, sino con líneas de código, con redes comunitarias, con plataformas abiertas. La sostenibilidad digital no viene de comunicados de prensa, sino de elecciones cotidianas. Requiere coraje, compartir, desobediencia creativa. Requiere romper moldes, desafiar la lógica del beneficio, construir alternativas.
La pregunta es sencilla e incómoda: ¿estás ayudando a liberar el bosque o estás construyendo el castillo? Elige un bando: el conocimiento digital es un derecho, no un privilegio.
















