Incluso los antivacunas le deben la vida a él
Retrocedamos a finales del siglo XVIII: la esperanza de vida no superaba los cuarenta años, y las tasas de mortalidad materna e infantil eran extremadamente elevadas. Para quienes lograban sobrevivir, las enfermedades infecciosas se convirtieron en las nuevas —y más temidas— amenazas. Entre ellas, la viruela era el mayor azote de la humanidad: una enfermedad devastadora que mataba a alrededor de un tercio de los infectados y dejaba a los supervivientes desfigurados por cicatrices permanentes. En Europa, a lo largo del siglo XVIII, causó cientos de miles de muertes cada año y fue, con diferencia, la principal causa de muerte: representaba el 20 % de todas las muertes por cualquier causa. Pero la viruela no era la única enfermedad infecciosa que asolaba a la población en aquellos años: la peste, la tuberculosis, diversas infecciones intestinales y otras enfermedades infecciosas se cobraron tantas vidas como las de quienes habían escapado de los demás flagelos.
Los médicos de la época se veían impotentes: en cuanto aparecían las primeras manchas inconfundibles en la piel, el paciente quedaba marcado por la viruela. La única solución era aislarlos por completo —lo cual distaba mucho de ser fácil— y quemar todas sus pertenencias o cualquier objeto que hubiera entrado en contacto con su cuerpo. Ante la certeza de la muerte de sus pacientes, algunos médicos se negaban a aceptar su destino e intentaban todo lo que podían, recurriendo a tratamientos improvisados que a menudo se basaban únicamente en la imaginación y carecían de cualquier fundamento científico. Al fin y al cabo, aquellas pobres almas iban a morir pronto de todos modos.
Los más atrevidos, tras haber descartado los amuletos, los polvos mágicos y las hierbas —que resultan sistemáticamente ineficaces—, llegan incluso a experimentar para ver qué ocurre si hacen un corte en la piel de un paciente moribundo e introducen en la herida un poco de costra o de pus procedente de otro paciente que padezca una forma menos grave de la enfermedad o que se encuentre en vías de recuperación. Se busca a esos pacientes —los que presentan enormes cicatrices y deformidades, pero que aún siguen con vida— y se raspa un poco de material orgánico de sus pústulas para transferirlo a las heridas infligidas a los pacientes gravemente enfermos.
A menudo, el remedio resulta peor que la enfermedad, pero otras veces el paciente gravemente enfermo logra recuperarse y salir adelante. Al investigar este extraño tratamiento, los estudiosos descubrieron que este método ya había sido descrito en 1675 por Thomas Bartholin, de la Universidad de Copenhague. Sin embargo, a su vez se había tomado prestado de la medicina popular francesa y galesa. Más tarde se descubrió que, ya en el siglo X, en China, se obligaba a los moribundos a inhalar polvos elaborados a partir de las costras de pacientes que se encontraban en vías de recuperación. En todos los casos, esto logró salvar de la muerte a algunos pacientes, aunque quedaron desfigurados para el resto de sus vidas.
Es en este contexto donde entra en escena Edward Jenner, el médico inglés: gracias a una idea brillante y a un experimento que hoy en día es famoso, allanó el camino para la mayor revolución de la medicina: la vacuna.
La intuición de la vaca infectada
Edward Jenner nació en 1749 en Berkeley, un pequeño pueblo de la campiña inglesa. Hijo de un vicario anglicano, pronto mostró interés por la naturaleza y la medicina. A los 14 años, comenzó su aprendizaje como cirujano y, tras estudiar en Londres, regresó a su tierra natal para ejercer como médico rural. Fue allí, entre agricultores y ganaderos, donde realizó las observaciones que cambiarían su vida.
En aquella época, circulaba un dicho popular entre los lecheros: «Una vez que has tenido viruela bovina, no contraerás la viruela». Intrigado, Jenner comenzó a investigar y se dio cuenta de que algunas lecheras que habían contraído una forma leve de viruela bovina —que solo provoca pústulas en las manos— parecían ser inmunes posteriormente a esa terrible enfermedad.
Jenner profundiza en sus observaciones para ver si es posible transformar esa creencia campesina —basada en anécdotas y en el folclore popular— en una hipótesis científica seria, bien documentada y cuantificable.
Según una carta que escribió a un amigo, fue el 14 de mayo de 1796 cuando decidió poner a prueba su corazonada: tomó un poco de pus de las llagas de Sarah Nelmes, una lechera infectada con viruela bovina, y se lo inoculó en el brazo a James Phipps, un niño de ocho años. En su carta, especifica cuidadosamente que Sarah había contraído el virus mientras ordeñaba a la vaca Blossom y que James era el hijo del jardinero de Jenner. La situación se agravó rápidamente: el niño desarrolló todos los síntomas de la viruela y estuvo a punto de morir a causa de una fiebre que no dejaba de subir. Sin embargo, al cabo de unos días, la fiebre comenzó inesperadamente a remitir y los síntomas parecieron volverse cada vez menos graves. Tras un par de semanas más, quedó claro que el niño había salido adelante. Unas semanas más tarde, Jenner se arma de valor para exponerlo deliberadamente a la viruela humana: James no enferma. Nace una nueva cura, aún sin nombre. Jenner decide llamarla «vacunación», de la palabra latina «vacca», con la que hace referencia al origen bovino de su descubrimiento.
Ciencia y escepticismo
El resultado fue revolucionario, pero no todos lo acogieron con entusiasmo. Jenner publicó su investigación en 1798, en la que documentaba 23 casos con resultado satisfactorio. Muchos de sus colegas se burlaron de él, acusándole de jugar con la vida de sus pacientes. Algunos panfletos satíricos lo representaban convirtiendo a los niños en terneros. Pero el tiempo le daría la razón: la noticia ofrecía un rayo de esperanza y se extendió como la pólvora por todo el continente. El método se extendió rápidamente a Inglaterra y luego por toda Europa, salvando decenas de miles de vidas.
En 1802, el Parlamento británico reconoció oficialmente el valor del descubrimiento y concedió a Jenner primero 10 000 libras y, posteriormente, otras 20 000, para que pudiera continuar y ampliar su inestimable investigación. Sin embargo, él prefirió regresar a Berkeley, donde continuó ejerciendo la medicina rural y perfeccionando la técnica de la vacunación. Falleció en 1823, a los 73 años, pero la historia lo recuerda como el «padre de la inmunología».
Incluso la vaca Blossom —que, sin saberlo, había donado el pus infectado— se ha ganado un lugar en la historia: su piel cuelga ahora de la pared de la biblioteca de la Facultad de Medicina de St George’s, en Tooting, a las afueras de Londres. Un honor totalmente inesperado para una benefactora de la humanidad… que nació siendo una vaca.
Tras Jenner: las vacunas conquistan el mundo
El descubrimiento de Jenner marcó el inicio de una nueva era. A lo largo del siglo XIX, la vacunación contra la viruela se extendió por todo el mundo, llegando a ser obligatoria en muchos países. En 1979, la Organización Mundial de la Salud declaró oficialmente erradicada la viruela en todo el planeta: la primera —y hasta ahora única— enfermedad humana que ha sido vencida por una vacuna. Si observas los antebrazos de las personas nacidas antes de la década de 1970, es posible que veas una extraña cicatriz circular: ese es el lugar donde, en los primeros años de su vida, recibieron la vacuna contra la viruela. Podemos considerar esa cicatriz como una medalla de honor por haber luchado en una guerra que ganó toda la humanidad.
La chispa de esperanza que encendió Jenner nunca se ha apagado. A mediados del siglo XIX, Louis Pasteur perfeccionó el concepto de la vacunación, ampliándolo a otras enfermedades. Descubrió que los microorganismos atenuados podían estimular el sistema inmunitario sin provocar la enfermedad, y desarrolló vacunas contra la rabia y el ántrax. En el siglo XX, Jonas Salk y Albert Sabin desarrollaron vacunas contra la poliomielitis, que salvaron a millones de niños del riesgo de sufrir parálisis. Mientras tanto, se introdujeron vacunas contra la difteria, el tétanos, la tos ferina, el sarampión, la rubéola y la hepatitis B.
El principio en el que se basan todas estas vacunas es, más o menos, siempre el mismo: preparar al sistema inmunitario para hacer frente al enemigo antes de que llegue, exponerlo a fragmentos debilitados o inofensivos del virus y permitirle entrenar su propio sistema inmunitario. Cuando llega el virus real, el sistema inmunitario es capaz de reconocerlo y poner en marcha de inmediato una defensa eficaz antes de que haya tenido tiempo de debilitar el organismo.
Investigación y perspectivas de futuro
Hoy en día, la ciencia de las vacunas ha entrado en una nueva era. La biotecnología ha allanado el camino para el desarrollo de vacunas de subunidades proteicas, de ADN y de ARN mensajero. Las técnicas sofisticadas nos permiten comprender el mecanismo molecular y producir la diana inmunogénica en el laboratorio mucho más rápidamente que en el pasado.
Se está trabajando en el desarrollo de vacunas contra el VIH, la malaria y la tuberculosis, enfermedades que aún hoy se cobran millones de vidas. Otros estudios se centran en el desarrollo de vacunas terapéuticas capaces de estimular el sistema inmunitario para combatir tumores existentes, como es el caso del melanoma. El reto es enorme, pero el camino iniciado por Jenner nunca se ha interrumpido.
La carrera por una vacuna contra la COVID-19
La pandemia del SARS-CoV-2 constituye un ejemplo llamativo. En 2020, el mundo se vio de repente postrado por un virus nuevo y altamente contagioso. Nunca antes en la historia de la humanidad se había producido una carrera tan frenética por desarrollar una vacuna: cientos de laboratorios, docenas de países y miles de millones de dólares invertidos.
Está previsto que la vacunación masiva con la vacuna Sputnik V comience ya el 5 de diciembre de 2020. Desarrollada por el Centro Nacional de Investigación de Epidemiología y Microbiología «N. F. Gamaleya», la vacuna se está distribuyendo en 71 países.
En Occidente —apenas unos meses después— las primeras vacunas de ARN mensajero de Pfizer-BioNTech y Moderna recibieron la autorización de uso de emergencia, seguidas de las vacunas de vector viral, como las de AstraZeneca y Johnson & Johnson. Esto demuestra hasta qué punto ha avanzado la ciencia desde la primera inoculación de Jenner, realizada con un bisturí improvisado y un poco de pus bovino.
Las vacunas y la polémica
Y, sin embargo, paradójicamente, justo cuando la ciencia está alcanzando hitos inimaginables, ha estallado una intensa polémica. Las teorías de la conspiración, la desconfianza hacia la industria farmacéutica y el miedo a los efectos secundarios han alimentado el movimiento antivacunas, que en muchos países occidentales está logrando influir en el debate público e incluso en las decisiones políticas.
La falta de memoria puede jugarnos malas pasadas: sin la vacunación, millones de personas no estarían vivas hoy en día. Las cifras de la OMS hablan por sí solas: cada año, las vacunas salvan al menos entre 4 y 5 millones de vidas. El propio movimiento antivacunas —a menudo ruidoso y radical— es, de hecho, una paradoja andante: incluso sus partidarios deben sus vidas, directa o indirectamente, a Edward Jenner y sus sucesores.
Desde el patio de una granja inglesa del siglo XVIII hasta los laboratorios de biotecnología del siglo XXI, la historia de las vacunas es la historia de la mayor victoria de la humanidad sobre la naturaleza.
Jenner nunca habría podido imaginar el impacto que tendría su descubrimiento, pero su experimento con Blossom, Sarah Nelmes y James Phipps salvó miles de millones de vidas.
Hoy en día, cada vez que un niño recibe una dosis de vacuna, cada vez que se frena una enfermedad infecciosa, se repite ese gesto ancestral. Y esto nos recuerda que la verdadera libertad no reside en rechazar la ciencia, sino en defender el derecho universal a vivir sin miedo a morir a causa de una infección que podemos prevenir.
















