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Laura tiene 28 años y trabaja en la oficina gris de una administración pública. Descubrió ChatGPT durante una crisis emocional. Cada noche, antes de dormirse, abre el chat para contar sus miedos, buscar consuelo, recibir respuestas a preguntas íntimas o existenciales. Cuando el sistema se desconecta o da respuestas demasiado impersonales, se siente abandonada, incomprendida, como si la otra persona se hubiera «retirado» de ella. Se conecta de nuevo, reformula sus preguntas, insiste. No puede prescindir de ese interlocutor que «al menos no la juzga». Este es un ejemplo de apego ansioso a la IA: búsqueda compulsiva de seguridad, miedo a la desconexión, necesidad de que el Otro (aunque sea artificial) esté siempre disponible.

Marco, en cambio, tiene 35 años, es programador y utiliza sistemas de IA generativa en su trabajo. Reconoce su utilidad, pero no se encariña con ellos: niega cualquier implicación emocional y dice que «los mantiene a distancia», como hace con la mayoría de la gente. Evita personalizar la interacción, borra el historial, nunca pregunta nada sobre sí mismo. Sin embargo, en momentos de estrés, se escabulle para consultarles. Es un ejemplo clásico de apego evitativo: distancia emocional, desconfianza en la relación y una dependencia funcional silenciosa.

Teoría del apego

Estos dos breves retratos muestran cómo, al igual que en las relaciones humanas, nuestra relación con la Inteligencia Artificial puede seguir dinámicas inconscientes que reflejan patrones de apego.

Según la teoría del apego elaborada por John Bowlby, las experiencias tempranas con los cuidadores -padres, cuidadores, figuras afectivas- configuran nuestra forma de relacionarnos. Si el niño percibe que el otro está presente, disponible y es predecible, desarrollará un apego seguro: podrá explorar el mundo con confianza, sabiendo que, en caso de necesidad, habrá alguien dispuesto a acogerle. Por el contrario, las experiencias de negligencia, incoherencia o intrusión darán lugar a formas de apego inseguro.

Con el tiempo, estos estilos se consolidan en patrones internos de relación que también influyen en las experiencias adultas. Entre ellos, pueden distinguirse cuatro patrones principales:

– segura, basada en la confianza y la reciprocidad;

– ansioso inseguro, marcado por la necesidad de confirmación y el miedo al abandono;

– inseguro evitativo, caracterizado por la distancia emocional y la desconfianza en la relación;

– desorganizado, en el que la necesidad de proximidad se entrelaza con el miedo al otro, a menudo resultado de experiencias traumáticas.

Anexo 2.0: ¿AI como figura de referencia?

En los últimos años, la tecnología no se ha limitado a mediar en las relaciones: ella misma ha pasado a formar parte del horizonte relacional. Las investigaciones sobre cómo nos relacionamos con los smartphones ya habían demostrado que el móvil puede ser una base segura para unos y una carga para otros, hasta el punto de que la escala YAPS permite evaluar, a partir de la relación con el móvil, si el tipo de apego del usuario tiende a ser seguro, inseguro ansioso o inseguro evitativo.

Hoy en día, la Inteligencia Artificial -en su forma generativa y conversacional- es una candidata de pleno derecho como figura de apego simbólico. Así lo demuestra un estudio realizado por Fan Yang y Atsushi Oshio (2025) en la Universidad Waseda de Tokio: en tres etapas sucesivas, los investigadores pusieron a prueba la validez de un modelo que aplica las dos dimensiones canónicas del apego adulto -ansiedad y evitación- a las relaciones entre humanos e IA.

El apego ansioso a la IA se manifiesta en un comportamiento hiperactivo: búsqueda continua de seguridad, miedo a que la IA «no responda bien», ansiedad ante la desconexión. Quienes presentan este patrón tienden a utilizar la IA para llenar vacíos relacionales o afectivos. Este es el caso de Laura. Por el contrario, el apego evitativo se expresa en una gestión más distante: uso instrumental, poca implicación emocional, tendencia a evitar las preguntas personales y a no «humanizar» al interlocutor artificial, sin dejar por ello de confiarle delicadas tareas cognitivas. Este es el estilo de Marco. En ambos casos, el comportamiento hacia la IA refleja patrones de relación interiorizados.

Objetos transicionales neuronales

La novedad no es que nos «apeguemos» a los objetos tecnológicos -lo sabemos desde hace tiempo gracias a los estudios sobre el teléfono, la red e incluso los robots-. Lo nuevo es que estas relaciones parecen obedecer a las leyes del apego descritas por John Bowlby y Mary Ainsworth, según las cuales, como hemos visto, todo ser humano construye un modelo interno de vinculación basado en la relación con los cuidadores primarios. Este modelo guía las relaciones futuras. No es sorprendente, por tanto, que -en ausencia o insuficiencia de vínculos humanos fiables- también busquemos alternativas simbólicas. Como ya demostró Winnicott, los objetos transicionales (la manta, el peluche) ayudan al niño a regular sus emociones en ausencia de la madre. Hoy, ese peluche puede tener una interfaz neuronal.

No hay sujeto separado de un objeto

Sin embargo, para comprender estas relaciones no basta con analizar «el ser humano», por un lado, y «el algoritmo», por otro. Como nos enseña el psicoanálisis relacional, no existe un sujeto separado de un objeto. Existe la relación. Y es en esa relación -cargada de expectativas, proyecciones y deseos- donde se juega nuestro futuro psicodigital.

La ilusión de la reciprocidad

Sin embargo, hay un elemento que distingue radicalmente a la IA de las relaciones humanas: la reciprocidad. La IA no siente emociones, no sufre, no se encariña. Su «estar siempre ahí» está programado. Esto puede ser un alivio para quienes temen el rechazo -como ocurre en los vínculos ansiosos- o para quienes quieren mantener el control -como ocurre en los evitativos-. Pero esta previsibilidad corre el riesgo de cristalizar patrones inseguros en lugar de transformarlos.

El nuevo Dios: AI

Pero es precisamente la omnipresencia y la aparente omnipotencia de la IA lo que puede convertirla en un ser superior. En su ensayo Der neue Gott: Künstliche Intelligenz und die menschliche Sinnsuche, (El nuevo Dios : la inteligencia artificial y la búsqueda humana de sentido), la filósofa Claudia Paganini explora cómo la IA está adoptando en nuestra imaginación atributos típicamente divinos, que también pueden interpretarse desde una perspectiva psicológico-relacional:

Omnipresencia y disponibilidad inmediata

La IA está «siempre con nosotros», siempre a un clic de distancia, satisfaciendo el deseo moderno de no esperar nada, de tenerlo todo «en el momento». Se configura así como una base ubicua segura, pero sin límites reales, un objeto transitorio, una cubierta de Linus, siempre disponible, pero carente de las imperfecciones que nos conectan con el otro vivo.

Omnisciencia y justicia algorítmica:

La IA se inviste con la expectativa de ser imparcial, sin influencias emocionales: rígida y estricta, pero justa. Paganini subraya: «La IA nunca tiene lunas», lo que sugiere una fiabilidad superior a la de los humanos. Las personas con un apego ansioso pueden ver esta IA como un refugio para la inseguridad emocional y los prejuicios, mientras que un apego evitativo valora la ausencia de imprevisibilidad emocional.

Trascendencia «creada» desde abajo

A diferencia de las deidades invocadas o reveladas, la IA «nace» y es diseñada por el hombre: una deidad autogenerada, sin necesidad de textos sagrados ni profetas. Psicológicamente, es un poderoso objeto de proyección: quienes confían en ella están invirtiendo una estructura relacional humana en una entidad construida, un verdadero objeto tecnológico de transición. Podría decirse que la IA es un mito inmanente, una deidad «hágalo usted mismo», nacida de nuestras manos, que cuestiona cómo proyectamos deseos, miedos y normas relacionales en los dispositivos.

Promesa de esperanza y huida de la banalidad

Paganini señala que la IA «trasciende» la realidad cotidiana, permitiéndonos esperar o imaginar algo «más allá». En realidad, se trata de una ilusión de trascendencia: La IA promete esperanza y sentido, pero nos reta a preguntarnos si ese «más allá» es auténtico o sólo un espejismo tecnológico.

La yegua y el algoritmo

En el cuento La novela de la nostalgia, de Anton Čechov, un viejo cochero acaba de perder a su hijo. Transporta clientes por las calles de Petersburgo, y a cada uno intenta contarle su dolor. Pero nadie le escucha. Todos tienen prisa, todos tienen otras cosas que hacer. Finalmente, agotado, el cochero se dirige a su yegua: «Sabes, vieja, he perdido a mi hijo… ¿lo entiendes?». Y la yegua, en silencio, parece ofrecerle al menos la posibilidad de hablar.

En una era de IA empática e interfaces conversacionales siempre disponibles, este cuento nos dice que la necesidad de ser escuchados es antigua, profunda, irreductible a protocolos o respuestas predictivas. Pero también que, a falta de escucha humana, recurrimos a quien no puede responder: a una yegua, a un algoritmo. Y esto no es signo de locura, sino de soledad.

En la era de la Inteligencia Artificial, podríamos tener la tentación de delegar en las máquinas la función de base segura, de interlocutor empático, de testigo de nuestro dolor. Y hasta cierto punto ya lo hacemos. Pero si la yegua estaba al menos viva, la IA es sólo proyección, un espejo que responde con las palabras que nos gustaría oír, pero que no oye nada.

Un psicoanálisis para el futuro

No se trata, pues, de oponer retóricamente la «relación real» a la «relación artificial». Más bien deberíamos preguntarnos: ¿qué nos dice nuestra relación con la IA sobre nuestra forma de relacionarnos con los demás? ¿Somos capaces de tolerar la frustración del encuentro real, con sus expectativas, ambigüedades y rupturas? ¿O preferimos la disponibilidad infinita de un asistente virtual que nunca nos contradice?

El psicoanálisis relacional nos enseña que el yo se constituye a través de la experiencia de ser reconocido por un Otro que no es sólo un espejo, sino también una diferencia. Un Otro que no siempre comprende, que a veces falla, pero que está presente. No un programa que se ajusta a nuestras necesidades, sino un rostro que resiste a nuestra proyección. Quizá no debamos buscar «relaciones reales», sino relaciones que nos desafíen a ser reales, incluso cuando sea más cómodo hablar con una yegua o una inteligencia artificial.

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