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Luca Longo

No una luz deslumbrante, sino una metedura de pata colosal: un ejemplo en el que el sueño de encontrar una solución sencilla al problema de la sostenibilidad resulta ser… sólo un sueño. De donde extraer, sin embargo, una lección importante; una muy concreta.

Un mundo en el que la energía es tan abundante y barata que es prácticamente gratis para todos. Adiós a las facturas energéticas elevadas, adiós a las crisis energéticas, adiós a las guerras del petróleo. Con energía infinita a nuestro alcance, el transporte puede funcionar sin emisiones contaminantes, el agua puede desalinizarse en abundancia para resolver la crisis mundial del agua y todos los rincones del planeta pueden iluminarse como Spaccanapoli en Nochevieja. Estamos hablando de un sueño: el sueño de una revolución económica y social que haría palidecer a la Revolución Industrial.

La fusión nuclear tiene el potencial de hacer realidad este sueño: reproducir en la Tierra el proceso que alimenta el Sol, ofreciendo una energía limpia y prácticamente ilimitada.

Desde hace más de 70 años, las academias y centros de investigación más famosos del mundo trabajan en ello, muy seriamente. A finales del siglo pasado, parecía que había aparecido un atajo, muy sencillo, que no requería las gigantescas inversiones que se habían hecho hasta entonces. Un sueño. Pero, como suele ocurrir con los sueños que parecen demasiado buenos para ser verdad, incluso el de la llamada fusión fría resultó ser más una pesadilla que una dulce realidad.

Un descubrimiento revolucionario

El 13 de marzo de 1989, Tim Berners-Lee publicó el resumen de la World Wide Web, documento fundacional de Internet; pero pocos le hicieron caso. También porque, exactamente 10 días después, dos electroquímicos de la Universidad de Utah, Martin Fleischmann y Stanley Pons, anuncian que han hecho un descubrimiento extraordinario: la fusión nuclear a temperatura ambiente, conocida como «fusión fría». Más que un protocolo esotérico con las sesudas siglas «WWW», ésta es una de esas noticias que no sólo dan la vuelta al mundo, sino que lo hacen dos veces y media antes del desayuno.

Pons y Fleischmann afirman haber generado más energía a partir de un simple experimento en el laboratorio de la que tardaron en ponerlo en marcha. Por un momento, parecen haber descubierto la clave de una fuente de energía ilimitada, limpia y segura.

Su experimento consiste en utilizar paladio (un metal raro) sumergido en agua pesada, una forma de agua enriquecida con deuterio, un isótopo del hidrógeno. Fleischmann y Pons afirman que al aplicar una corriente eléctrica al paladio, éste captura los núcleos de deuterio, desencadenando una reacción de fusión que libera más energía de la que se consume. En la práctica, sugieren que han creado un minisol en un tarro, con una energía que supera con creces la energía puesta en él: un descubrimiento que, de ser cierto, reescribiría los libros de texto de física y dejaría obsoletos todos los proyectos de energía tradicional y nuclear. Bastaría con una bañera de paladio y un poco de agua pesada, y podríamos jubilar todas las centrales nucleares y los pozos petrolíferos.

Euforia y caos: todos a la caza de la fusión fría

Pero aquí empiezan los problemas. La comunidad científica, tomada por sorpresa, intenta frenéticamente replicar el experimento. La excitación es palpable: imagínese a físicos de todo el mundo corriendo a sus laboratorios, algunos con las batas de laboratorio aún manchadas de café, dispuestos a salvar el planeta antes de que lo hagan otros. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos, los resultados no llegan. Algunos laboratorios registran el más mínimo aumento de calor, otros nada en absoluto.

El reputado físico Richard Garwin califica todo el asunto de «error a nivel instrumental», sugiriendo que los dos científicos vieron lo que querían ver, quizá llevados por el entusiasmo y la presión de hacer un descubrimiento revolucionario.

La euforia empieza a dar paso al escepticismo. Destacados físicos nucleares, como Steven Koonin, de Caltech, intervienen en multitudinarias conferencias calificando el anuncio de la fusión fría de «científicamente incorrecto». De hecho, la conferencia de la American Physical Society en Baltimore se hizo famosa por su ambiente casi de tribunal, con científicos dispuestos a rebatir públicamente a Fleischmann y Pons.

¿Dónde está el helio? ¿Dónde están los neutrones?

Uno de los momentos más memorables se produce cuando un participante pregunta: «Si esto es fusión, ¿dónde está el helio? ¿Dónde están los neutrones?». Las preguntas van dirigidas porque una fusión nuclear debería liberar helio y neutrones como subproductos, pero estas partículas no se detectaron en los experimentos de Pons y Fleischmann.

Mientras tanto, los laboratorios del MIT y Caltech deciden «competir» para ver quién consigue antes los resultados de Pons y Fleischmann. Los investigadores de ambas instituciones ponen en marcha experimentos con equipos de última generación y rigurosas normas de medición, pero el resultado es un rotundo fracaso: no hay exceso de calor ni signos de fusión. Pues bien, el método científico dice que esto también es un resultado: La teoría de Pons y Fleischmann ha sido científicamente falsificada. Así que puede descartarse.

John Huizenga, del Laboratorio Nacional de Los Álamos, experto en química nuclear, no escatima críticas y, tras realizar una detallada revisión, afirma que la fusión fría es «el mayor error de la física del siglo XX». Huizenga señala que los experimentos carecían de pruebas fundamentales, como la producción de partículas subatómicas detectables, lo que hace imposible considerar reales los resultados proclamados.

A medida que aumenta la presión, Pons y Fleischmann empiezan a alejarse de los focos, rechazando entrevistas y retrasando la presentación de datos completos. El clima se vuelve cada vez más tenso. En el punto álgido del debate, durante una sesión de la conferencia de la American Chemical Society, alguien reparte camisetas en las que se lee «Fusion Confusion«, un juego de palabras que refleja el estado general de confusión y frustración. La ciencia choca con el entusiasmo del público y la creciente presión de los medios de comunicación, convirtiendo el acontecimiento en un caso de libro de texto sobre cómo NO deben anunciarse los descubrimientos científicos.

Fría confusión

A mediados de 1989, la comunidad científica está dividida. Pons, Fleischmann y un puñado de partidarios insisten en que sus resultados son correctos, pero a la mayoría de los científicos les cuesta tomarse en serio sus afirmaciones. No hay helio, no hay neutrones y no hay consenso. El entusiasmo inicial se desvanece rápidamente. La fusión fría ha pasado de ser un potencial avance energético a una broma académica.

Mientras tanto, los dos científicos, aún con la esperanza de obtener apoyo para su investigación, se trasladan a Francia, donde Technova (una empresa de investigación financiada por Toyota) intenta un último esfuerzo y financia su trabajo durante un periodo limitado. Pero también esta vez sin resultados concretos.

Pero las ilusiones no mueren. Quedan los últimos fanáticos, que continúan la investigación aún hoy utilizando siglas como CMNS (Condensed Matter Nuclear Science) o LENR (Low Energy Nuclear Reactions), mucho más crípticas pero que evitan el uso del ya impresentable término inventado por Pons y Fleishmann. Incluso Google financió con diez millones de dólares un intento de replicar el experimento original, sin resultados útiles más allá de un relato honesto del fracaso, publicado en Nature el 27 de mayo de 2019.

Fusión verdadera: que a cientos de millones de grados

Mientras la fusión fría queda relegada a las notas a pie de página de los libros de texto, la investigación de la fusión nuclear «caliente» -la que imita las condiciones extremas del corazón del Sol- prosigue con determinación. Proyectos emblemáticos como el ITER (Reactor Termonuclear Experimental Internacional) representan la esperanza concreta de lograr una fuente de energía segura, abundante y sostenible. A diferencia de la fusión fría, estos esfuerzos requieren enormes equipos, temperaturas de millones de grados y miles de millones de euros, pero la promesa de resolver el trilema energético y contribuir a los objetivos de desarrollo sostenible es demasiado grande para ignorarla.

La energía de fusión podría convertirse en un revulsivo, una fuente inagotable que nos permitiría hacer frente a los retos energéticos mundiales sin comprometer el medio ambiente. Aunque aún queda mucho camino por recorrer, la investigación continúa con la esperanza de que algún día aprovechemos por fin el poder de las estrellas aquí en la Tierra. Hasta entonces, recordemos la lección de Pons y Fleischmann: la ciencia avanza a pequeños pasos, no a grandes saltos, y cada paso debe apoyarse en una base sólida.

Luca Longo
ESCRITO POR Luca Longo

Químico industrial, químico teórico, periodista, comunicador y divulgador científico.

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