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En cinco años como Fundación para la Sostenibilidad Digital, he visto a muchísimos responsables de sostenibilidad. Los hay entusiastas, que toman sobre sus hombros un tema enorme y lo convierten en bandera de la empresa. Los hay que hacen de ello una verdadera misión. Están los que tienen visión. Están los que mueven (y mueven) el mundo. Muchos de ellos a lo largo de los años se han convertido en amigos, y en verdaderos pilares en las iniciativas de la Fundación. Pero también los hay, y si he de ser sincero no son la minoría, que -a fin de cuentas- hacen más mal que bien.

Sí, hacen daño. No por maldad o cálculo, sino por ignorancia estructural e inutilidad congénita. Duelen porque no entienden. O, peor aún, no quieren entender. Y son de dos tipos.

– Por un lado, están los ex financieros, los que se han pasado la vida persiguiendo el céntimo en el balance y hoy se hacen pasar por expertos en sostenibilidad. Para ellos, la sostenibilidad es un código que hay que descifrar, un cumplimiento que hay que cumplir, un indicador que hay que normalizar. Hablan del DSRS como si fuera la Biblia, citan el ESRS como si fuera un mantra, recopilan KPI con el celo de un alguacil. Hacen sostenibilidad «post mortem»: persiguen proyectos para comprobar su impacto a posteriori, cuando ya todo está decidido, implantado, metabolizado. Como patólogos de empresa, diseccionan lo que queda para intentar demostrar que, después de todo, era sostenible. Un poco como poner una placa verde en un coche fúnebre.

– En el otro lado están los profesionales de la RSE. Aquellos que, convencidos de estar marcando la diferencia, organizan maratones benéficas y campañas de voluntariado. Aquellos para los que «hacer sostenibilidad» significa destinar una parte residual del presupuesto a algún proyecto social, sólo para tranquilizar su conciencia (y su reputación). A lo mejor ni siquiera lo hacen por lavado verde: están convencidos de que así es como funciona. Fabrican bombas, pero mientras tanto reforestan Marsica. Producen toneladas de plástico desechable, pero patrocinan la limpieza de la playa de al lado. Venden pesticidas, pero financian huertos urbanos para escuelas primarias. Sostenibilidad de balance cero: se ensucia por un lado, se lava por otro.

Y sin embargo, la paradoja más grotesca es que ambos, los contables ecologistas y los filántropos del presupuesto, se sienten protagonistas del cambio.

Se presentan en conferencias con coloridas diapositivas y sonrisas de plástico, soltando palabras de moda como «impacto», «neutralidad de carbono», «compromiso de las partes interesadas». Pero la verdad es que no han entendido nada. Nada.

Porque la sostenibilidad no es (sólo) un balance. Tampoco es (sólo) un proyecto de impacto social. Es un cambio de paradigma. Es cuando la sostenibilidad entra en el modelo de negocio y lo contamina, lo reestructura, lo refunde. Es cuando deja de ser una función empresarial y se convierte en la lente a través de la cual se toman todas -todas- las decisiones. Es cuando pasa de la lógica de «hacer algo bueno» a la lógica de «ser algo diferente». Porque si la sostenibilidad no entra en el modelo empresarial, no es sostenibilidad. Puede ser responsabilidad social corporativa, puede ser cumplimiento, pero no es sostenibilidad.

Peor aún, es una sostenibilidad que no es sostenible en el sentido más profundo del término: pesa sobre la organización sin generar valor, convirtiéndose en un coste que no produce ningún retorno, ni económico ni reputacional. Se convierte en una jaula reglamentaria o en un adorno de diseño, más o menos verde, pero que sigue siendo marginal, decorativo, percibido a menudo como un lastre por quienes deben aplicarlo. Una sostenibilidad que impone obligaciones, pero no ofrece sentido; que exige recursos, pero no crea resultados. No es útil para la empresa, no es útil para las partes interesadas. Y por tanto, paradójicamente, es insostenible.

La verdadera sostenibilidad es transformadora. Obliga a la organización a cuestionar su propio significado, no sólo sus impactos.

Es la que impone un replanteamiento radical de los procesos, de las métricas de éxito, de las relaciones con los territorios, con los proveedores, con las personas. Es la que obliga a elegir. Y elegir cuesta dinero. Cuesta poder, inicialmente cuesta margen, cuesta tiempo. Pero devuelve el sentido.

Y ahí radica la cuestión. Mientras sigamos mirando el dedo, hecho de presupuestos de sostenibilidad e iniciativas más o menos dignas, seguiremos ignorando la luna: una nueva idea de empresa, capaz de generar valor económico transformándolo estructuralmente en valor colectivo. No por filantropía, sino por visión. No por deber moral, sino por inteligencia estratégica.

Si la sostenibilidad ha muerto, no lo ha hecho el clima. La crisis no la ha matado. La hemos matado nosotros. Con nuestra superficialidad. Con nuestra incapacidad para elegir. Con nuestra ilusión de que bastaba con contar en lugar de cambiar.

Pero aún estamos a tiempo. Siempre y cuando dejemos de contarnos cuentos de hadas, y empecemos a escribir, con esfuerzo, pero también con lucidez, una nueva historia. Una que no se mida en toneladas de CO₂ compensadas, sino en sentido generado.

Y esta labor es ahora más importante que nunca. Porque estamos en los albores de 2030, el año en que Naciones Unidas tendrá que explicar -en el momento político, institucional y simbólico más débil de su historia- que ha incumplido los Objetivos de Desarrollo Sostenible. No algunos. No algunos de ellos. Casi todos. Y si no somos capaces de leer este fracaso como lo que realmente es: la prueba definitiva de que es necesario un cambio de paradigma, entonces la sostenibilidad se convertirá en lo que esperan sus detractores. Una ilusión retórica buena para llenar conferencias e informes, pero incapaz de dirigir el cambio. Para evitar que esto ocurra, debemos volver a comprender su significado más profundo. Debemos dejar de hablar de sostenibilidad y empezar a hacerla. Más allá de las palabras, más allá de las métricas, contra las hipocresías.

Y antes de que alguno de los fariseos de los últimos tiempos se sienta obligado a defender la santidad del informe de sostenibilidad o la nobleza de la RSE, dejemos las cosas claras de inmediato: No estoy negando la importancia de la RSE, ni mucho menos de las actividades de responsabilidad social de las empresas. Al contrario: son herramientas fundamentales, necesarias, a menudo valiosas. Pero hacer sólo esas cosas, engañándose a uno mismo pensando que ha entendido el significado profundo de la sostenibilidad, es no haber entendido nada. Repito: nada. Es confundir el mapa con el territorio, la lista de control con la estrategia, la apariencia con la sustancia. Y es esto, repito, lo que ha matado a la sostenibilidad.

ESCRITO POR Stefano Epifani

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