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La transformación digital ha cambiado radicalmente nuestro mundo. Todos los aspectos de nuestra vida cotidiana están ahora mediados digitalmente, lo que nos permite comunicarnos, trabajar, estudiar y consumir bienes y servicios con una facilidad sin precedentes. Pero mientras estamos inmersos en esta nueva era, es crucial tener en cuenta un aspecto que con demasiada frecuencia se pasa por alto: lo digital no es un concepto «abstracto», sino una realidad muy concreta. Con un coste energético que hay que abordar, en un momento en que la sostenibilidad está en el centro de la agenda mundial.

¿Digitalización? Requiere (mucha) energía

La rápida digitalización de nuestra sociedad trae consigo una creciente demanda de energía, y los centros de datos destacan entre los mayores consumidores en este contexto. Estas infraestructuras, que albergan y gestionan los servidores de procesamiento y almacenamiento de datos -imprescindibles para el funcionamiento de las plataformas digitales, las aplicaciones en la nube y los servicios de inteligencia artificial-, representan ya en torno al 1% del consumo mundial de electricidad, y la cifra se sitúa entre el 2% y el 4% en grandes economías como Estados Unidos, China y la Unión Europea. A pesar de que hoy en día el consumo anual de los centros de datos de todo el mundo es aproximadamente la mitad del consumo eléctrico de los electrodomésticos -como ordenadores, teléfonos y televisores-, las estimaciones indican que esto va a cambiar rápidamente. De hecho, el informe especial de la AIE «Energía e Inteligencia Artificial» predice que la demanda de electricidad de los centros de datos de todo el mundo se duplicará con creces de aquí a 2030, alcanzando unos 945 TWh: por dar un orden de magnitud, algo más que todo el consumo eléctrico, hasta la fecha, de Japón. El motor de este crecimientoserá la inteligencia artificial, ya que se prevé que la demanda de electricidad de los centros de datos optimizados para IA se cuadruplique de aquí a 2030.

Aunque este crecimiento de la demanda eléctrica de los centros de datos está destinado a aumentar las emisiones, no significa que la digitalización sea algo malo para el futuro del planeta. Al contrario, puede ser en sí misma un motor de cambio positivo, si se impulsa bien, para promover la eficiencia energética a nivel mundial. Herramientas como el Internet de las Cosas (IoT), por ejemplo, permiten optimizar el consumo en sectores estratégicos como la gestión de edificios, el transporte y la producción industrial. La propia inteligencia artificial, como destaca el propio informe de la AIE, si se difunde y utiliza con criterios de sostenibilidad, puede compensar permitiendo una reducción significativa de las emisiones: la adopción de sistemas inteligentes de control para la monitorización y el control de los recursos puede, de hecho, permitir una reducción del despilfarro energético, contribuyendo fuertemente a un futuro más sostenible para el planeta. Esto significa que, en este contexto, el reto consistirá tanto en equilibrar las demandas energéticas de la digitalización con las posibilidades de eficiencia que permiten estas herramientas, como en generar energía limpia y eficiente para impulsar el gran cambio en curso.

Hacia centros de datos sostenibles

Para algunas empresas del sector informático, dotadas de una red de centros de datos cada vez más potente y al mismo tiempo indispensable, porque está conectada a un número creciente de actividades, este reto es crucial para reducir sus emisiones globales. Para Google, por ejemplo, los centros de datos son una pieza clave en su camino hacia las operaciones con cero emisiones netas para 2030. Por ello, la empresa se ha comprometido no solo a reducir la cantidad de emisiones derivadas de su construcción -reduciendo materiales y utilizando otros más sostenibles-, sino también a gestionar de forma responsable su consumo energético. Un compromiso que, como se muestra en el sitio web dedicado, ha dado resultados tangibles: en 2024, los centros de datos de Google utilizaron un 84% menos de energía de infraestructura que la media del sector.

Para alimentar el crecimiento de estas infraestructuras, y la consiguiente demanda de energía, es natural pensar en fuentes de energía renovables: la energía solar y eólica, de hecho, es sin duda -entre las disponibles- la solución potencialmente más sostenible. Sin embargo, no faltan críticas en este sentido. Sobre todo, el conocido límite de la intermitencia: sol y viento, incapaces de garantizar la continuidad, hacen complejo mantener un suministro estable y eficiente. De ahí la necesidad de soluciones innovadoras, como los sistemas de almacenamiento de energía a gran escala, o la construcción de enormes campos fotovoltaicos y centrales eólicas cerca de las infraestructuras. Esta última es una solución muy compleja, habida cuenta de las enormes inversiones necesarias y de las limitaciones que a menudo impone el escaso espacio disponible para estas centrales, que suponen un gran obstáculo para la realización de soluciones energéticas sostenibles para los centros de datos.

El camino hacia la fusión

Pero para alimentar sus operaciones, Google también está explorando la vía de laenergía de fusión. Por este motivo, la empresa ha firmado recientemente un acuerdo de compra de energía (PPA) con Commonwealth Fusion Systems (CFS) por 200 MW de electricidad de la central inaugural ARC, que según CFS inyectará energía a la red a principios de la década de 2030 en el condado de Chesterfield (Virginia). Google, que ya es inversor en CFS desde 2021, tiene con este acuerdo la oportunidad de obtener energía de otras centrales eléctricas ARC, y pretende contribuir a demostrar y ampliar el camino hacia la energía de fusión comercial.

Pero de empresa digital líder a empresa energética líder, Eni también ha firmado un acuerdo con CFS, valorado en más de 1.000 millones de dólares, para comprar energía descarbonizada de ARC: un acuerdo que refuerza la asociación estratégica entre Eni y CFS, añadiendo una asociación comercial a la colaboración en el ámbito tecnológico. De hecho, la compañía italiana fue la primera en creer en el trabajo de CFS -una spin-out del MIT- invirtiendo en ella ya en 2018 y estableciendo una colaboración destinada a acelerar el desarrollo industrial de la fusión por confinamiento magnético, que permitiría generar grandes cantidades de energía cero emisiones de forma segura y prácticamente ilimitada.

El objetivo es claro: construir la primera central capaz de inyectar energía de fusión a la red.

Para conseguirlo, pronto se pondrá en marcha el reactor experimental SPARC, capaz de manipular y confinar plasma y garantizar la consecución de un balance energético neto positivo. Este proyecto allanará el camino para que ARC -a principios de la década de 2030- sea la primera central en funcionamiento capaz de inyectar energía a la red.

El tipo de reactor – tokamak – que se estudia con el CFS se presta a una aplicación generalizada. La esperanza es que en los próximos años dispongamos de una fuente de energía sostenible, segura y potencialmente inagotable en el mix energético de bajas emisiones. Que podría desempeñar un papel crucial para satisfacer, de manera sostenible, la demanda cada vez mayor de energía que la transformación digital trae y traerá en los próximos años.

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