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Cada comienzo de año trae consigo un ejercicio ineludible: mirar hacia adelante sin olvidar lo aprendido. El año 2026 se abre en un contexto en el que la transformación digital ya no es una promesa o una amenaza de futuro, sino una condición estructural de nuestro presente. Es en este contexto en el que me gustaría desear un Feliz Año Nuevo a aquellos que, en diversas capacidades, trabajan con nosotros cada día para entender, gobernar y guiar la relación entre las tecnologías digitales, la economía y la sociedad. No con la ilusión de controlar el cambio, sino con la responsabilidad de no sufrirlo.

¿Responsabilidad digital de las empresas? Sí, pero ¿cómo

A lo largo de 2025, especialmente en Alemania, se empezó a hablar de forma cada vez más estructurada de la responsabilidad digital de las empresas como una categoría separada de la responsabilidad social tradicional. El tema surgió en el debate público e industrial no como una cuestión ética en sentido abstracto, sino como respuesta a un hecho que ahora es difícil de rebatir: la transformación digital ha dejado de ser un factor puramente técnico. Paralelamente, la reflexión en Francia también se ha centrado en el papel de las empresas en la gestión de las consecuencias de la digitalización avanzada, en particular cuando las plataformas, los algoritmos y los sistemas automatizados afectan directamente al comportamiento individual y al funcionamiento de los mercados.

Sin embargo, es precisamente a partir de este punto donde hay que hacer una distinción. La forma en que se ha abordado la responsabilidad digital en el debate europeo ha tenido el mérito de desplazar el foco más allá de la dimensión tecnológica, pero sigue tendiendo a situar el problema aguas abajo de los procesos de transformación. La responsabilidad se cuestiona cuando los efectos de lo digital ya son visibles: sobre el trabajo, sobre las desigualdades, sobre el reparto del poder de decisión, sobre la transparencia de los sistemas automatizados.

Se trata de un paso importante pero no decisivo. En efecto, centrarse exclusivamente en la responsabilidad corre el riesgo de limitar el debate a los efectos sin cuestionar plenamente las orientaciones. En otras palabras, el debate gira en torno a quién debe responder de las consecuencias de lo digital sin cuestionar realmente el modelo de transformación que esas consecuencias hacen probable. Como si bastara con identificar a un culpable a posteriori para evitar cuestionar unas opciones que, aguas arriba, nadie tuvo el valor de gobernar.

Aquí radica la necesidad de una perspectiva diferente. Una perspectiva que no niegue la centralidad de la responsabilidad digital, sino que la reubique dentro de un marco más amplio, en el que lo digital no sólo se vea como una fuente de riesgos que hay que mitigar, sino como un factor estructural de sostenibilidad o insostenibilidad de los sistemas económicos y sociales. En este marco, la responsabilidad deja de ser el punto final del razonamiento para convertirse en una palanca operativa dentro de un diseño más amplio.

La cuestión central, por tanto, no es sólo cómo responder a los efectos producidos por la transformación digital, sino cómo dirigir esa transformación antes de que los efectos se consoliden. Es a partir de este cambio de perspectiva -de los resultados a las trayectorias- que se desarrolla la necesidad de reflexión.

La responsabilidad digital no es una variante de la RSE

Un malentendido aún muy extendido consiste en asimilar la responsabilidad digital a las prácticas establecidas de Responsabilidad Social de las Empresas. Es una asimilación comprensible, pero conceptualmente frágil: un poco como pensar que basta con añadir una página sobre el reciclaje de papel a la memoria de sostenibilidad para compensar una estrategia digital que, mientras tanto, automatiza las decisiones sin saber quién las toma realmente. La RSC se creó para compensar o mitigar los impactos de una actividad económica que permanece esencialmente inalterada en su estructura. La transformación digital, por el contrario, afecta a la propia estructura de la actividad empresarial: redefine los procesos de toma de decisiones, altera las asimetrías de información y cambia la relación entre automatización y responsabilidad humana. Por eso, desde hace años, hablamos de sostenibilidad digital como elemento sistémico.

Desde esta perspectiva, la responsabilidad digital no se refiere a lo que la empresa añade a sus actividades, sino a lo que produce indirectamente mediante el uso de tecnologías digitales. No se mide por las intenciones declaradas, sino por los efectos sistémicos que esas tecnologías generan a lo largo del tiempo: un poco como descubrir, con sincero asombro, que el piloto automático ha sacado el coche de la carretera tras decidir dormir en el asiento trasero, para luego preguntarse no tanto cómo mantener el coche en la vía, sino quién debe pagar la grúa.

De la digitalización a la transformación

La distinción entre digitalización y transformación digital, tema central de Sostenibilidad digital: por qué la sostenibilidad no puede prescindir de la transformación digital, es decisiva.

La digitalización interviene en los procesos, mejorando su eficiencia. La transformación digital interviene en el significado de las decisiones: cambia la forma de evaluar, seleccionar y asignar valor.

La responsabilidad digital surge cuando la tecnología deja de limitarse a apoyar la toma de decisiones y empieza a guiarla; cuando no se limita a ejecutar, sino que sugiere; cuando no se limita a registrar el pasado, sino que ayuda a configurar el futuro. En esta fase, lo digital deja de ser un mero factor productivo para convertirse en un contexto sistémico. Se convierte en un contexto sistémico.

Por qué no se puede delegar la responsabilidad en la tecnología

La idea de que la rendición de cuentas puede integrarse en algoritmos, a través de sistemas definidos como «éticos», «imparciales» o «responsables por diseño» sigue resurgiendo en el debate público. Se trata de una representación tranquilizadora, pero profundamente engañosa.

Los algoritmos, como explico en mi último libro«El teatro de las máquinas pensantes: 10 falsos mitos sobre la IA y cómo superarlos‘, no son sujetos morales: no tienen intencionalidad, no toman decisiones en el sentido humano del término y no pueden responder de las consecuencias de sus operaciones.

Atribuir la responsabilidad a la tecnología es, de hecho, quitársela a la organización que la diseña, la forma y la utiliza. La responsabilidad digital es siempre humana y organizativa. Tiene que ver con las opciones de diseño, los contextos de uso y los criterios de evaluación de los resultados. No hay responsabilidad del algoritmo. Hay una responsabilidad de la persona que decide darle un papel.

Más allá de la gestión de riesgos

En los últimos años, la responsabilidad digital se ha enfocado a menudo en términos de riesgo: ciberseguridad, protección de datos, cumplimiento de la normativa. Todos ellos elementos necesarios, pero no suficientes. Lo digital no sólo produce riesgos que hay que contener. Produce profundas transformaciones en la forma de trabajar, de elegir, de entender la realidad.

Una tecnología puede cumplir perfectamente las normas y, al mismo tiempo, incentivar comportamientos disfuncionales, acentuar las desigualdades, reducir la capacidad crítica o desplazar opacamente el control de la toma de decisiones. No tener esto en cuenta es como si una empresa se preocupara obsesivamente por tener extintores conformes en cada habitación, para luego seguir amontonando gasolina en los pasillos mientras explica, con aire satisfecho, que al fin y al cabo, lo importante es estar preparado cuando estalle el incendio. La responsabilidad digital empieza donde termina el cumplimiento: en la gobernanza de los impactos, no en la simple prevención de daños.

La responsabilidad como capacidad de orientación

Razonar en términos de responsabilidad digital significa reconocer que lo digital casi nunca impone un resultado, sino que modifica las probabilidades. Hace que algunos comportamientos sean más frecuentes, algunas elecciones más convenientes, algunas trayectorias más probables que otras.

Gobernar lo digital significa cuestionar no sólo lo que es técnicamente posible, sino lo que se convierte sistemáticamente en normal. En este sentido, la responsabilidad digital no es una limitación externa a la empresa, sino una competencia estratégica: la capacidad de dirigir la transformación en lugar de sufrirla, de mantener el control humano sobre unos procesos de toma de decisiones cada vez más automatizados.

La línea para 2026

En 2026 tendremos que seguir reflexionando sobre estas cuestiones con mayor profundidad y con un cambio de postura que ya no puede aplazarse. La responsabilidad digital no puede seguir siendo una cuestión secundaria, evocada sólo ante situaciones críticas. Debe convertirse en un pilar, una lente a través de la cual leer la investigación, la formación, el análisis político y la experimentación sobre el terreno. No como una herramienta de mitigación, sino como una palanca para guiar la innovación.

Esto significa reforzar la capacidad de observación y medición que la Fundación inició hace cinco años con elObservatorio de la Sostenibilidad Digital, para comprender no sólo los impactos de lo digital, sino el grado de conciencia con el que las personas, las empresas y las organizaciones gobiernan las tecnologías emergentes. Significa traducir el análisis en herramientas de aplicación como las Prácticas de Referencia en las que la Fundación ha trabajado y está trabajando con UNI, la Organización Italiana de Normalización, capaces de acompañar las decisiones estratégicas más allá de la lógica del cumplimiento. Significa invertir en una formación capaz de reconocer los impactos sistémicos de las tecnologías y de mantener un control humano consciente en las elecciones automatizadas, y en esto tendremos mucho que ver con la Academia que, en las próximas semanas, será accesible a los miembros y socios.

También significa asumir un papel más explícito en el diálogo con las instituciones, contribuyendo a la evaluación ex ante de los efectos de las políticas digitales sobre las desigualdades, el acceso a las oportunidades y la cohesión de los sistemas económicos: una labor que comenzó con Los Estados Generales de la Sostenibilidad Digital y que se ha convertido en un diálogo permanente con las instituciones y la política. Significa abrir espacios de experimentación concreta, en territorios y cadenas de suministro, para probar modelos de transformación digital orientados a la inclusión, la equidad y la rendición de cuentas. Y esto nos ha llevado a desarrollar un programa como Digital4Aid, que a través de iniciativas solidarias experimenta formas de hacer de la responsabilidad digital una acción concreta.

El rumbo para nuestro 2026 está claro: consolidar el paso del apoyo a la gobernanza del riesgo a la gobernanza de la trayectoria. De la gestión de efectos a la modelización intencionada de futuros digitales. Es en esta capacidad de transformar la responsabilidad en competencia generalizada donde se jugará la madurez de nuestra relación con lo digital en los próximos años. Y es en este reto en el que, hoy, merece la pena desear un Feliz Año Nuevo.

ESCRITO POR Stefano Epifani

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