Durante mucho tiempo, hemos perseguido la precisión, la eficiencia y la perfección. Hemos llegado a creer que ese era el criterio con el que se medía nuestro valor. Entonces llegó la inteligencia artificial, que, por su propia naturaleza, es más precisa y más eficiente. Y esto ha dado lugar a temores y debates, centrados en el futuro del trabajo: ¿nos convertiremos todos en prescindibles? Pero hay otra perspectiva que merece la pena considerar: en una época en la que la IA se encarga de que todo funcione a la perfección, el valor se está desplazando hacia otros ámbitos. Y quizás ahora más que nunca, nuestra imprevisibilidad, nuestra imperfección —en una palabra, nuestra humanidad— se convierte en una fortaleza que merece la pena proteger: una elección que todos podemos hacer hoy, y que puede ser la clave para hacernos verdaderamente insustituibles.
Estas reflexiones constituyen el núcleo del nuevo libro de Elisabetta Bracci, titulado *La IA y el arte de cuidar los corazones olvidados*,publicado por el Instituto de Transformación Digital. En esta entrevista con la propia autora, hemos analizado en profundidad el contenido del libro, desde cómo surgió hasta lo que pretende ofrecer a los lectores.
Empecemos por el título: un llamamiento a seguir siendo «humanos» en la era de la IA. ¿Qué te inspiró a elegirlo?
Todo empezó con un poema. Hay un verso de Montale, en *Corno Inglese* (1925), de la colección *Ossi di Seppia*, en el que se describe el corazón como un «instrumento olvidado»: anhela resonar en armonía con la naturaleza, con el viento, pero permanece desafinado. Ese verso nunca me ha abandonado. Y cuanto más lo releía, más me daba cuenta de que encieraba una idea vertiginosa: en el corazón, a diferencia de un violín, el músico y el instrumento son uno y lo mismo. Somos nosotros quienes tocamos nuestra propia música. No podemos entregar el instrumento a un luthier y volver a recogerlo afinado. Sería más fácil, pero no es así como funciona. De ahí surgió el título y, con él, la idea del mantenimiento. Porque un corazón desafinado no necesita una reparación; necesita cuidados. Montale, en su época, temía la mecanización provocada por la Gran Guerra. Creo que hoy en día estamos viviendo una forma más sutil y quizás más insidiosa de mecanización: la de cultivar el pensamiento original. Seguir siendo humano, pues, no significa rechazar las máquinas. Significa cuidar de la propia discordancia como lo último que es verdaderamente, e irreduciblemente, nuestro. Es un acto de cuidar el corazón en una época que querría afinar a todos a la misma nota.
En el libro, presenta el concepto de «scordatura». ¿De dónde proviene y por qué reviste tanta importancia estratégica hoy en día?
«Scordatura» surgió a raíz de una pregunta muy personal. Mientras me formaba como profesional de la inteligencia emocional (EQ), me pidieron que definiera mi «objetivo noble»: un propósito profundo, algo que guiara mis decisiones más allá del éxito material. Dediqué mucho tiempo a reflexionar sobre ello, y la respuesta que surgió fue cultivar ecosistemas en los que la tecnología genere una prosperidad ética e inclusiva, pero empezando por un acto concreto: centrarme en mi propia «scordatura» y aceptar la de los demás como una fuente de riqueza, no como un defecto que haya que corregir.
Sin embargo, desde un punto de vista más íntimo, el «desajuste» ha resultado ser una clave estratégica. Y es que la Inteligencia Artificial, tal y como la estamos utilizando, es una especie de «sintonizador universal»: funciona para eliminar toda fricción, para que todo sea fluido, suave y mediocre. Y cuando se intenta verificar esto con las cifras, el panorama resulta impactante. Me refiero al estudio de Harvard de 2023, «Which Humans?», en el que los investigadores compararon el GPT con datos de la Encuesta Mundial de Valores, basada en casi 95 000 personas de 65 países. ¿El resultado? El GPT se alinea casi exclusivamente con la psicología WEIRD (occidental, educada, industrializada, rica y democrática), un estilo de pensamiento analítico e individualista que ignora las culturas holísticas y relacionales. Para la máquina, la diversidad no es más que «ruido» estadístico que hay que reducir. En pocas palabras, si tuviéramos que trabajar en un equipo multiétnico, la máquina replicaría los constructos semánticos de alrededor del 12 % de la población mundial, dejando fuera al resto. Sin embargo, son precisamente los equipos multiétnicos los que generan las ideas más valiosas, que surgen de la convergencia de diferentes formas de ver la realidad.
Por eso pensar fuera de lo establecido es hoy en día tan importante desde el punto de vista estratégico: es la capacidad de desviarse de forma productiva de la norma. Es precisamente lo que una máquina, por su propia naturaleza estadística, no puede hacer. Mientras que el algoritmo busca el centro, nosotros podemos optar por los márgenes. Y los márgenes, hoy en día, son el lugar más valioso que existe. Porque no se pueden replicar fácilmente.
¿Es, pues, paradójicamente, la imperfección la clave que nos hace insustituibles?
Sí, y es una paradoja que he aprendido a apreciar. Durante años, nos hemos medido por la precisión, la eficiencia y la capacidad de evitar errores. Pero hay una regla que recorre todo el libro, y que resumo así en el Manifiesto: si una máquina hace algo a la perfección, eso ya no es la medida de nuestro valor. En el momento en que una IA redacta un informe impecable o traduce un texto sin un solo desliz, ese valor no desaparece: simplemente se desplaza a otra parte. Se dirige hacia lo que la perfección no puede hacer: la duda, la fricción, lo inesperado, la ironía sutil, la paradoja.
En el ensayo, describo la IA como un «trompe-l’œil» muy sofisticado: al igual que esa técnica pictórica engaña a la vista simulando profundidad sobre una superficie plana, la IA simula profundidad de pensamiento sobre una superficie de puro cálculo probabilístico. Es una ilusión perfecta… hasta que ocurre lo inesperado. Es entonces cuando se derrumba. Y es ahí, en esa grieta, donde podemos encontrar nuestro lugar.
Leonard Cohen hablade «una grieta por la que se cuela la luz». Suavizar cada imperfección significa tapar esa grieta y reducirnos a un caparazón silencioso. Nuestra imperfección, por el contrario, es la rendija por la que entra la luz. Por eso escribo que ser estadísticamente improbable es la verdadera rebelión: no una limitación que haya que ocultar, sino la forma más elevada de nuestra libertad.
En el libro, imaginas nuevas profesiones que podrían surgir para salvaguardar nuestra humanidad. ¿Podrías hablarnos de ellas?
Me encantaría, porque es una de las secciones que escribí con mayor sentido de la responsabilidad. Empezaré con una observación: la «mercantilización» de las tareas cognitivas (escribir, traducir, resumir…) está desplazando el valor del trabajo hacia las habilidades humanas. Así que me divertí imaginando ocho profesiones que podrían surgir precisamente para salvaguardar lo que nos hace humanos. No se trata de provocaciones, sino de posibilidades. Simplemente, una forma diferente de ver el mundo laboral.
Estoy pensandoen el «Defensor del Olvido», una especie de abogado del diablo que forma parte de los consejos de administración y cuya única tarea es poner en duda el razonamiento, demasiado fluido, de la IA. O el Mentor del Aburrimiento Fértil, un guardián del tiempo ocioso, que nos enseña una verdad que hemos olvidado: el aburrimiento es el preludio necesario para la intuición original. Luegoestá el Arquitecto de las Experiencias Olvidadas, que diseña «experiencias disruptivas» analógicas para restaurar nuestro sentido de lo inesperado. Yestá el Etnógrafo de los Futuros Olvidados, que busca «señales débiles» en los márgenes de la sociedad, estudiando precisamente lo que la IA descarta como ruido. Pero quizá la profesión que más me llega al corazón es la del Biógrafo del Olvido: alguien que te ayuda a construir una identidad profesional basada en fracasos y desvíos fructíferos, en lugar de en la perfección pulida de un currículum. Porque nos moldean tanto nuestras victorias como nuestras grietas.
En definitiva, todas estas figuras protegen lo mismo: el espacio en el que podemos seguir siendo insustituibles.
El ensayo concluye con el «Manifiesto del olvido»: ¿podríamos describirlo como una guía para aceptar la propia humanidad como fuente de fortaleza en la era de la inteligencia artificial?
Sí, así es exactamente como lo describiría: una guía, pero no en el sentido de un manual de instrucciones. Es más bien como una brújula. El Manifiesto establece siete principios para seguir siendo humano, y cada uno de ellos es un pequeño acto de resistencia pacífica. Comienza con el derecho al olvido, es decir, la idea de que la vulnerabilidad es belleza, no vergüenza. Luego está la invitación a aceptar el esfuerzo, porque la fricción es experiencia, mientras que la suavidad total no es más que pereza disfrazada de comodidad. Existe el deber de cultivar la duda, porque la inteligencia humana genera valor a través de las preguntas, no solo a través de las respuestas. Y está la defensa de la memoria viva frente a la historia resumida por algoritmos, y del aburrimiento como espacio sagrado.
Todo se reduce al principio fundamental: aceptar lo improbable. Porque el mayor riesgo —el que recorre todo el libro— es la «brecha de responsabilidad»: dejar de sentir que tenemos el control de nuestras propias decisiones e incluso delegar nuestra brújula moral en una IA.
Al fin y al cabo, escribí el Manifiesto para mí mismo, para mantener esa brújula bien orientada.
En resumen: ¿crees que la «scordatura» puede considerarse en sí misma una herramienta para la sostenibilidad digital?
Estoy convencido de ello, y quizá sea esta la reflexión con la que me gustaría dejar al lector. En el libro, me baso en Luciano Floridi y su concepto de «capital semántico»: a lo largo de los milenios, la humanidad ha acumulado significados —historias, mitos, símbolos—. Desde esta perspectiva, la IA no es una creadora: es una consumidora y recombinadora de ese capital. Se nutre de un pozo que nosotros mismos hemos cavado. Y ahí radica el riesgo: si dejamos de producir contenido «olvidado», único y original, ¿se convertirá el mundo en un «desierto de tópicos estadísticos»? La máquina seguiría recombinando, pero a partir de una fuente cada vez más escasa y cada vez más reciclada.
Por eso la «scordatura» es, a todos los efectos, una herramienta para la sostenibilidad digital. Preservar nuestra «scordatura» significa mantener viva la fuente misma de la que se nutre la tecnología. Significa no dejar que el pozo se seque. Hay una imagen maravillosa en el epílogo de Beppe Carrella: la IA como el «Dr. Robert» de los Beatles, un médico tan hábil que acaba impidiéndote valerte por ti mismo. La verdadera revolución, pues, consiste en permanecer «desafinado» por elección propia. Y una civilización digital verdaderamente sostenible es aquella que aún sabe dejarse llevar por la emoción y la imprevisibilidad.
















