¿Qué es el laberinto? Parece una pregunta banal para la que todos creemos tener una respuesta preparada. En realidad, el significado del término es múltiple, sus raíces incluso etimológicas discutidas y sus orígenes inciertos. Sin embargo, todos tenemos la sensación en algún momento de nuestra vida de encontrarnos en un laberinto, ya sea cognitivo, afectivo, relacional o incluso físico, del que sentimos que ya no podemos salir. La misma fase histórica en la que nos encontramos a veces se nos presenta como un laberinto caótico en el que tememos estar perdidos sin encontrar la salida. La metáfora del laberinto sigue siendo pertinente cuando la aplicamos a la red, a la inteligencia digital y artificial de la que a veces nos sentimos atrapados.
Al relato del laberinto, su historia y sus mitos, Giorgio Ieranò dedica un ensayo que se lee como una novela y que abarca desde la arqueología, la filología y, por supuesto, la mitología griega hasta la filosofía antigua y moderna, la literatura contemporánea y el psicoanálisis.
La historia del laberinto, según Ieranò, tiene su origen en Pilos, en la costa del Peloponeso, uno de los centros de la civilización micénica, con un dibujo conservado en la arcilla de una tablilla quemada: «una serie de líneas en forma de meandro que se cruzan entre sí, un intrincado camino que imita una sucesión de pasillos», la representación más antigua del laberinto fechable en el siglo XIII a.C. Más o menos en la misma época, en una isla mediterránea, Creta -sede de una antiquísima civilización pregriega y de la cueva en la que se dice que se crió nada menos que Zeus-, un escriba de palacio anota en una tablilla de arcilla: «Un tarro de miel para la Potnia Daburinthoio» o Potnia Labyrinthoio, es decir, la «Señora del Laberinto». Es la primera vez en la historia de la humanidad que se utiliza la palabra «Laberinto».
Pero, ¿qué se entendía originalmente por laberinto? ¿El laberinto de pasillos en el que se entra con dificultad y temor y del que es aún más difícil salir en un enorme e inquietante palacio, como el de más de 3.000 habitaciones que, según se dice, vio y en parte experimentó el historiador griego Heródoto en la ciudad egipcia de Crocodilópolis (Fayum)? ¿Un conjunto tan complejo de construcciones humanas como para suscitar la angustia mortal de no salir nunca?
Según otra serie de fuentes y textos, el Laberinto era más bien una caverna, una gruta subterránea en la que era fácil perderse. Se dice que la propia etimología de la palabra «Laberinto» está relacionada con la raíz de la palabra griega laas y la latina lapis y que, por tanto, debe interpretarse como «la casa en la piedra». Pero también hay quien afirma que el laberinto habría sido una danza sagrada.
¿A quién le interesaría eso sino a un puñado de filólogos y arqueólogos, se preguntará el aún más exiguo grupo de mis lectores? Y, sin embargo, el laberinto y el entramado de mitos que se superpusieron a él constituyen una parte nada desdeñable de nuestra cultura y tecnología europeas tout court.
La historia comienza, por supuesto, con un impulso, la pasión de Zeus, el rey de los dioses, por una bella princesa fenicia, Europa.
Zeus rapta a Europa
Un día, mientras paseaba por la playa con unos amigos, Europa fue vista por Zeus, que se enamoró perdidamente de ella. Para acercarse a ella sin asustarla, Zeus tomó la forma de un toro blanco, espléndido y manso, con cuernos brillantes como una luna de marfil. El toro se acercó suavemente a Europa, que se sintió inmediatamente atraída por su belleza y su naturaleza dócil. Tras acariciarlo, la muchacha se subió a su lomo.
En cuanto lo hizo, el toro -es decir, Zeus- saltó al mar y nadó hasta la isla de Creta, llevándose consigo a Europa, que intentó en vano pedir ayuda. Una vez en la isla, Zeus recuperó su forma divina y se reveló a Europa. La joven, fascinada por el dios, aceptó su amor. Zeus y Europa tuvieron tres hijos, entre ellos Minos, futuro rey de Creta y juez del Hades tras su muerte.
La historia continúa con un acto de Hybris y un castigo divino que afecta a las generaciones posteriores
Pasífae, el toro y el ingenio de Dédalo
Minos, ahora rey de Creta, había prometido a Poseidón sacrificar el magnífico toro blanco que había recibido como regalo, pero en un acto de Hybris (arrogancia) se lo quedó para sí, traicionando el pacto sagrado. Para castigarlo, Poseidón hizo que la reina Pasífae se enamorara del toro.
Cegada por la pasión, Pasífae, para aparearse con el toro, recurrió a Dédalo, un escultor ateniense de gran prestigio que, tras el asesinato de su ayudante y sobrino Calo-al que había matado por celos de su dominio-, había huido de Atenas y fue acogido en Creta por el rey Minos. Dédalo aceptó ayudar a Pasífae construyendo una vaca de madera hueca, cubierta de piel de vaca, en la que la reina pudiera entrar para unirse al toro.
De esa unión nació el Minotauro, un ser monstruoso, mitad hombre y mitad toro.
En este punto, la historia da un giro decididamente tecnológico
El laberinto y la tecnología
Minos, conmocionado por el nacimiento del Minotauro, ordenó a Dédalo que construyera una estructura en la que encerrarlo: el Laberinto, un laberinto tan complejo que nadie podría salir una vez dentro. Dédalo obedeció.
Minos, sin embargo, aunque se beneficiaba de sus inventos, ya no confiaba en él. Temía que revelara los secretos del Laberinto a otros y lo encerró a él y a su hijo Ícaro en la misma prisión que había construido.
La historia se vuelve aún más intrincada y la tecnología más sofisticada.
Dédalo e Ícaro
Para escapar del laberinto, Dédalo construyó un par de alas para él y otro para su hijo Ícaro con plumas de ave fijadas a la base con cera. Dédalo aconsejó a su hijo que volara a media altura para que la humedad no lastrara las alas y el sol no derritiera la cera. Durante el vuelo, Ícaro se acercó demasiado al sol y el calor derritió la cera, haciéndole caer al mar.
La liberación llega finalmente a través de una relación… interrumpida
Teseo y Ariadna
El héroe ateniense Teseo viaja a Creta y entra en el Laberinto para matar al Minotauro, al que los atenienses tenían que sacrificar víctimas humanas. Una vez muerto, consigue salir gracias al ovillo de hilo que le entrega Ariadna -hija de Pasífae y Minos y, por tanto, hermana del Minotauro-, que zarpa con él pero es abandonada en la isla de Naxos.
Dédalo, o el conocimiento que construye (y a veces tropieza)
Dédalo no es sólo un escultor de talento, sino un verdadero arquitecto de lo imposible. Si lo pensamos bien, es el primero en la historia mítica al que se le pide que resuelva, por medios técnicos, un problema que de otro modo sería imposible de abordar: ¿cómo contener a una criatura mitad hombre, mitad toro sin recurrir a un psicoterapeuta, una ametralladora o una metáfora?
Su respuesta es ingeniosa: construir una estructura tan intrincada que incluso quienes la dibujan luchan por salir de ella. Así nació el Laberinto.
O, si queremos traducirlo en términos modernos, el algoritmo perfecto para contener al monstruo, sin enfrentarse realmente a su naturaleza. Lo importante es no verlo demasiado de cerca.
Pero Dédalo no se detiene ahí. No se limita a cerrar puertas: también inventa aperturas. Construye alas para volar. Es como si, en la misma mano, tuviera la llave de la jaula y el mando a distancia del dron.
El Laberinto es un lugar mental. Pero con corrientes de aire
Según Freud, que sabía mucho de laberintos del alma, el mito nos cuenta básicamente cómo funciona el aparato psíquico: tenemos un centro oscuro y reprimido que preferiríamos no ver (el Minotauro), y una serie de defensas complicadas para mantenerlo a raya (el Laberinto). El problema es que, como en ciertos sueños recurrentes, de vez en cuando el Minotauro sale a hacer daño, y nos encontramos en análisis.
Freud nos diría que Dédalo representa al yo constructor, el que no piensa por qué, sólo cómo. En esto también es un poco nuestro primo: ¿cuántas veces construimos vidas llenas de cosas, horarios, notificaciones, compromisos y llamadas, pero sin pararnos nunca a preguntar qué estamos conteniendo realmente?
Bion, con más elegancia y menos puro, añade una idea igualmente fascinante: el Minotauro es un β-elemento, una cosa impensable, no digerida. Se necesita una mente capaz de «masticar» la experiencia emocional en bruto, de transformarla. ¿Y Dédalo? Dédalo construye sin masticar. Es el cocinero que se salta la parte del sabor.
Ariadna, el hilo y la tecnología de unión
Pero aquí llega Ariadna, con su gracia y su ovillo de hilo. A diferencia de Dédalo, ella no construye nada materialmente visible. Pero construye algo mucho más importante: una relación. Le da a Teseo un hilo. No una aplicación, no un tutorial en PDF, sino una relación cargada de significado y confianza, que conecta a quienes entran en el Laberinto con el mundo exterior. Es la verdadera inventora de la tecnología afectiva.
Y aquí se abre un punto crucial: si el laberinto es el inconsciente, el trauma, la maraña de la existencia, no salimos de él solos. Necesitamos a alguien que sostenga el hilo. Otro humano. Otra mirada. Una «conversación», como diría Hölderlin, el favorito de Borgna.
«Somos una entrevista».
(Friedrich Hölderlin, «Andenken»)
Tal vez sea ésta la intuición más profunda del poeta alemán, encerrada, como en su propio laberinto psíquico, en la famosa torre de Tubinga, a orillas del río Neckar. En ese verso, «Wir sind ein Gespräch», (somos una conversación) Hölderlin no sólo afirma que hablamos, sino que existimos en la medida en que hablamos y escuchamos al otro. Nuestro ser está hecho de habla, de reflejo, de diálogo. Una intuición poética que mucho más tarde recogería también Martin Buber y luego, de forma vibrante y muy humana, Eugenio Borgna, a quien le encantaba recordar cómo el vínculo terapéutico era ante todo un encuentro de palabras, silencios y escucha compartida.
¿Y si hubiera algo tan revolucionario como la tecnología, más salvífico que el algoritmo? Tal vez sea eso: el hilo de la palabra que nos une, que nos atraviesa como una conversación ininterrumpida, incluso en los silencios más profundos de nuestro laberinto.
Dédalo y la inteligencia artificial
Se ha dicho a menudo que Dédalo es el precursor del ingeniero moderno. Pero para ser un poco provocadores -con gracia- podemos ir más lejos: Dédalo es el arquetipo de nuestra inteligencia artificial.
También la IA, como Dédalo:
– construye soluciones complejas a partir de instrucciones sencillas;
– no tiene ética propia, sino que ejecuta;
– puede ayudarte a escapar… o a perderte;
– no sabe lo que contiene, sino sólo las funciones que se le solicitan.
Sin embargo, y aquí podemos aligerar el tono: no debemos temerlo como si fuera el nuevo Minotauro. Al contrario, tal vez no sea más que un nuevo corredor en nuestro laberinto, una prolongación de nuestras alas, siempre que recordemos que necesitamos manos para sostener el hilo.
Como en una terapia, o en un buen diálogo, lo importante no es el resultado, sino la relación. La IA puede ser brillante, pero no sujeta el hilo. Puede sugerir caminos, pero no nos lleva de la mano. En este sentido, es más Dédalo que Ariadna.
Salir del laberinto
Al final, la historia que nos cuenta el mito es la de una civilización que inventa para contener, pero que sólo se salva cuando puede relatar.
Podemos construir todos los laberintos que queramos, lanzar start-ups, sistemas predictivos e incluso chatbots inspirados en los mitos griegos, pero si perdemos el hilo -el vínculo con el otro, con el deseo del pensamiento, con la voz de la experiencia- corremos el riesgo de volar como Ícaro: demasiado alto, demasiado solos y con la cera chorreando.
Salir del laberinto (con Dédalo, Ariadna… y un hilo bien anudado)
Al final, la historia que nos cuenta el mito es la de una civilización que siempre ha intentado contener al monstruo, pero que se salva cuando consigue nombrar el deseo y construir un vínculo.
Y quizá hoy no tengamos que elegir entre Dédalo y Ariadna, entre algoritmo y palabra, entre inteligencia artificial e inteligencia emocional. Quizá el reto no sea separar, sino entrelazar: apoyarnos en Dédalo para dibujar mapas cada vez más precisos, pero sin olvidar quién sostiene el hilo mientras caminamos.
Una reflexión entre el mito, el psicoanálisis y la inteligencia artificial en busca del hilo que nos mantiene humanos
En la época de los códigos y los algoritmos, la figura de Dédalo vuelve a hablarnos con la fuerza de un mito vivo. En este ensayo ágil e irónico, Giuliano Castigliego nos lleva de viaje por laberintos antiguos y modernos: de la mitología griega al inconsciente freudiano, de Hölderlin a Bion, hasta la inteligencia artificial, redescubriendo la importancia del vínculo, el diálogo y el hilo de Ariadna como brújula para orientarnos entre tecnologías cada vez más inteligentes.
















