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«El hombre se ha convertido en una especie de dios-prótesis: cuando hace uso de todos sus órganos auxiliares es verdaderamente magnífico; pero no los lleva consigo y a menudo no puede utilizarlos sin dificultad.»

A veces nos asusta la inteligencia artificial como si fuera un poder autónomo dispuesto a rebelarse, y al mismo tiempo parecemos distraídos por los usos concretos que gobiernos y empresas hacen de ella a diario. Esta es la verdadera contradicción de nuestro tiempo: no la máquina en sí, sino la forma en que la utilizamos o, peor aún, dejamos que otros la utilicen por nosotros.

La investigación que desveló el uso de los servicios en la nube y de inteligencia artificial de Microsoft por parte de la Unidad 8200 israelí para la vigilancia masiva de palestinos es un ejemplo flagrante. El contrato se remontaba a 2021 y permitía almacenar y procesar millones de llamadas telefónicas, con una capacidad impresionante: hasta un millón de conversaciones por hora. Todo esto se prolongó durante años, fuera de la luz pública, hasta que estalló el escándalo. Sólo entonces Microsoft interrumpió los servicios de su sistema Azure -que parece querer transmitir hasta en su nombre calma y tranquilidad, como un fondo de pensiones-, cuando los datos ya habían sido recogidos y utilizados. Un caso clásico de establo cerrado cuando el caballo se ha desbocado, que pone de manifiesto la desproporción entre la rapidez con la que la tecnología se cuela en nuestras vidas y la lentitud con la que reaccionamos cuando se revela su abuso.

El tema, sin embargo, no es nuevo. Ya los griegos habían intuido que la téchne, el arte de fabricar, no era una licencia ilimitada, sino una forma de sustitución, una manera de colmar nuestra fragilidad. Pensemos en Dédalo, cuya inventiva da alas a su hijo Ícaro, pero no puede evitar su caída cuando la atracción del exceso le acerca demasiado al sol. O el autómata de bronce Talos, creado por Hefesto para vigilar Creta, mitad maravilla y mitad amenaza. En estos relatos, la tecnología aparece como un don ambiguo: una ampliación de nuestras capacidades y, al mismo tiempo, un exceso potencial, hýbris contra los dioses.

Recuadro 1 – Qué significa téchne (y los mitos que lo cuentan)

En griego antiguo, téchne no era «tecnología» en el sentido moderno, sino arte, oficio, habilidad práctica. Se diferenciaba de epistéme (conocimiento teórico) e indicaba saber transformar una idea en una acción o un objeto.

Los mitos nos muestran bien su ambivalencia: Dédalo, brillante inventor, construye las alas que permiten volar a Ícaro, pero el exceso le lleva a la caída. Hefesto forja autómatas de metal capaces de moverse y servir, antepasados extraordinarios e inquietantes de nuestros robots. La lección sigue siendo pertinente: el téchne colma una carencia, pero cuando se utiliza sin medida se convierte en hýbris.

Estos mitos nos recuerdan que la cuestión nunca fue técnica, sino siempre ética y política. Lo vemos incluso hoy, en la hipocresía con la que juzgamos ciertas plataformas y toleramos otras. TikTok, por ejemplo, fue tratada como una amenaza para la seguridad nacional en Estados Unidos, hasta el punto de forzar su venta para proteger la democracia. Pero no se aplica la misma lucidez a plataformas estadounidenses como Meta o X, que a diario dan forma a nuestras burbujas de información e influyen en las opiniones políticas sin despertar alarmas equivalentes. Condenamos la propaganda «extranjera» y nos acostumbramos a la doméstica, aunque su alcance no sea menos invasivo.

Los que controlan los algoritmos, al fin y al cabo, controlan el acceso a la información y con ello el tejido mismo de las relaciones sociales. Aquí es donde la tecnología deja de ser un tema para ingenieros y se convierte en un nodo de poder. Si el debate público se limita a eslóganes y temores genéricos sobre la IA «buena» o «mala», perdemos de vista el punto central: permitimos que actores privados, a menudo extranjeros, establezcan las reglas invisibles de nuestra democracia informacional. El riesgo sistémico no reside tanto en el origen de una plataforma como en la concentración de poder y la falta de transparencia con que se ejerce.

Aquí es donde entra en juego la política, o más bien su ausencia. Si la tecnología es un actor de teatro, ¿quién escribe el guión? ¿Quién decide los límites, las reglas, las consecuencias? Ya no podemos contentarnos con reacciones tardías, como la de Microsoft. Necesitamos reglas claras e instrumentos de control democrático que minimicen la posibilidad de violar impunemente los principios de nuestros códigos civiles y constitucionales. Sin esto, seguiremos persiguiendo escándalos después de que el juego haya terminado.

Y, por último, hay un concepto erróneo que merece la pena desmentir: la idea de que la inteligencia artificial tiene su propia «ética inherente». Es una narrativa tranquilizadora, que desplaza el problema de nuestras responsabilidades a la máquina. Pero, como nos recuerda Stefano Epifani en su último libro The Theatre of Thinking Machines, la IA no tiene ética: tiene instrucciones, restricciones, datos y objetivos que nosotros definimos. La ética pertenece a las personas, las sociedades y los gobiernos que deciden cómo utilizarla. Engañarse pensando que la máquina puede sustituir de algún modo esta tarea es repetir, en versión digital, el mismo hýbris del que ya advertían los griegos en sus mitos.

Recuadro 2 – Tres prioridades políticas

1. Transparencia: apertura de datos y algoritmos al escrutinio independiente.
2. Simetría: normas iguales para todas las plataformas con impacto sistémico, no solo para las «extranjeras».
3. Legislación eficaz: normas capaces de minimizar la posibilidad de vulnerar impunemente los principios de nuestros códigos civil y constitucional.

Entre Prometheus y Azure, el mensaje sigue siendo el mismo: no es la tecnología la que nos hace más o menos correctos. Somos nosotros, con nuestras elecciones, quienes le damos dirección. Y si queremos evitar que nuestras prótesis se conviertan en cadenas, debemos asumir la plena responsabilidad política y ética de su gobierno.



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