Entre la ambición y la polémica en la lucha contra el cáncer. Cómo un charlatán puede minar la confianza en la ciencia y ralentizar el camino hacia un mundo en el que las curas adecuadas estén al alcance de quienes las necesitan.
La carrera de Carlo Maria Croce es una de las más fascinantes y controvertidas de la ciencia moderna. Conocido como uno de los oncólogos más influyentes de su generación, Croce se abrió camino en el campo de la investigación del cáncer con descubrimientos que prometían revolucionar el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades oncológicas. Sin embargo, su carrera está salpicada de escándalos y acusaciones de fraude científico que suscitan dudas sobre su integridad y la validez de sus trabajos.
Un comienzo brillante
Croce nació en 1944 en Milán (Italia), demostrando desde muy joven una capacidad intelectual excepcional y una firme determinación para dejar su huella en la investigación científica. Tras licenciarse en Medicina y Cirugía por la Universidad La Sapienza de Roma en 1969, se trasladó a Estados Unidos para proseguir su carrera. Primero trabajó durante un breve periodo en la Universidad de Columbia y después se incorporó al Instituto Wistar de Filadelfia, un centro de excelencia en la investigación del cáncer. Aquí comenzó sus trabajos sobre los mecanismos moleculares de los tumores, un campo que daba sus primeros pasos en los años setenta.
Croce está especialmente interesado en los genes responsables del crecimiento celular incontrolado, un área que representa uno de los mayores retos para la comunidad científica en la actualidad.
Descubrimientos pioneros
En la década de 1980, Croce alcanzó fama internacional gracias a una serie de descubrimientos que le situaron en la vanguardia de la investigación sobre el cáncer. Uno de sus primeros descubrimientos se refiere al gen MYC, un oncogén, es decir, un gen que, cuando muta o se sobreexpresa, puede convertir una célula tranquila y relajada en una célula cancerosa. El descubrimiento del gen MYC es revolucionario, ya que proporciona una nueva comprensión -a nivel molecular- de cómo se desarrollan los tumores. Esto abre el camino a una nueva rama de la investigación oncológica, centrada en la identificación de los oncogenes y su función en el crecimiento del cáncer.
Además de MYC, Croce contribuye al descubrimiento de otros genes relacionados con tumores, como BCL2, asociado al linfoma folicular, y el conjunto de microARN, pequeñas moléculas de ARN que regulan la expresión de los genes. Croce y su equipo descubren que la expresión anormal de microARN puede contribuir a la formación de células cancerosas, una idea que podría conducir a nuevas estrategias terapéuticas para combatir los tumores.
Las investigaciones de Croce son tan punteras que empiezan a circular rumores sobre su posible candidatura al Premio Nobel. Sus artículos se publican en prestigiosas revistas científicas como Nature y Science: en el mundo académico, se convierte en un referente.
¿Demasiada perfección?
Sin embargo, algo no cuadra. Justo en la cima de su éxito, surgen las primeras sombras en la carrera de Croce. Colegas y revisores empiezan a notar una extraña «perfección» en los resultados de sus investigaciones. En concreto, algunos de sus artículos muestran imágenes de geles electroforéticos (una técnica utilizada para separar y analizar proteínas y ADN) que parecen sospechosamente similares, casi idénticos, incluso en estudios diferentes. Esta similitud empieza a suscitar inquietud: ¿cómo es posible que experimentos distintos, realizados con muestras diferentes, produzcan resultados tan notablemente coherentes?
En el mundo de la investigación científica, la perfección suele ser un signo preocupante. Los datos reales, de hecho, tienden a ser «desordenados». Diferentes pacientes, muestras, disolventes, reactivos, métodos de tratamiento, instrumentos de análisis y, a menudo, incluso la experiencia y hasta la mano del operador (que puede haberse levantado torcida ese día) producen variaciones en los datos incluso cuando se recogen con el mayor rigor posible. Incluso los mejores gráficos se componen de puntos experimentales que se desvían de la línea perfecta esperada.
Es precisamente aquí donde entra en juego el análisis estadístico. Permite comprobar la significación de los resultados experimentales, estableciendo la probabilidad de que los datos observados se deban al fenómeno estudiado y no al azar o a algún problema experimental. En otras palabras, los estadísticos miden la probabilidad de que el orden o desorden aparente de los datos refleje una verdadera relación entre variables (como un fármaco que afecta al crecimiento de un tumor) o sea el resultado de fluctuaciones aleatorias o errores en los procedimientos.
Pero en el trabajo de Croce, los gráficos muestran correlaciones casi perfectas, lo que sugiere que los resultados se han «ajustado» un poco para confirmar las hipótesis. Los datos reales rara vez permanecen en posición de firmes como soldaditos disciplinados.
La Universidad Estatal de Ohio investiga
En 2004, nuestro héroe se trasladó a la Universidad Estatal de Ohio, donde asumió el cargo de director del prestigioso Centro Integral del Cáncer. Además de los honores, un sueldo de más de 850.000 dólares anuales tampoco le viene mal. Aquí sigue publicando a un ritmo frenético, firmando una media de 30-40 artículos al año. Un volumen de trabajo impresionante, pero que alimenta aún más la sospecha: ¿es realmente posible mantener semejante ritmo sin comprometer la calidad y la integridad de la investigación?
Los rumores sobre posibles irregularidades en los trabajos de Croce se hicieron cada vez más persistentes, hasta que, el 8 de marzo de 2017, el New York Times publicó una investigación que proyectaba una sombra siniestra sobre la carrera del oncólogo. El artículo revela que la Universidad Estatal de Ohio puso en marcha varias investigaciones internas sobre sus actividades y descubrió importantes irregularidades en al menos siete estudios publicados.
La investigación interna de la OSU confirma las acusaciones de manipulación de imágenes y plagio. Según las conclusiones, Croce alteró deliberadamente algunas imágenes de geles electroforéticos para que los resultados parecieran más significativos de lo que eran en realidad. Además, Croce tomó otras imágenes de distintos estudios anteriores y las presentó como originales sin revelar que se trataba de materiales ya utilizados.
Consecuencias devastadoras
El descubrimiento de las manipulaciones en el trabajo de Croce tiene un impacto devastador en su carrera y reputación. La universidad decide destituirle como director del Centro Oncológico, aunque le permite seguir en la facultad… y le deja un sueldo de «sólo» 804.461 dólares anuales. Decisiones que suscitan no pocas críticas en la comunidad académica.
Para empeorar aún más las cosas, varias revistas científicas encontraron pruebas de manipulación y empezaron a retirar artículos firmados por Croce. Hasta la fecha, se han retirado 15 artículos, cinco han sido calificados de «preocupantes» y 23 han tenido que ser corregidos. Se trata de las cifras más altas jamás registradas por un solo investigador. La investigación de Croce sobre los microARN, en particular, está bajo escrutinio, y muchas de sus afirmaciones pioneras se ven ahora con gran escepticismo.
Dilema en la comunidad científica
El caso de Carlo Maria Croce no es sólo una tragedia personal – para el profesional pero también para los pacientes que esperan ser tratados y sus familias – sino que representa un profundo dilema para la comunidad científica. Su caída proyecta una sombra sobre todo un campo de investigación y amenaza con socavar la confianza pública en la ciencia y la medicina. Si un investigador tan célebre puede caer tan bajo, ¿qué confianza podremos tener en la medicina en su conjunto?
La comunidad científica, por su parte, intenta responder a esta crisis con mayor transparencia y rigor. Tras el escándalo, muchas revistas están introduciendo controles más estrictos para evitar la manipulación de datos, e instituciones como la OSU están reforzando los procedimientos de revisión interna para garantizar la integridad de la investigación.
Confianza en la ciencia
El caso de Carlo Maria Croce nos recuerda lo crucial que es confiar en la investigación y las prácticas médicas basadas en una ética científica estricta. Cuando personas sin escrúpulos manipulan datos para ganar fama o financiación (Croce recibió un total de 86 millones de dólares en fondos federales durante su carrera), no solo ponen en peligro la salud de los pacientes, sino que también socavan la confianza pública en la ciencia.
Sólo a través de un compromiso colectivo con la verdad y la transparencia podremos garantizar que se dispone de los tratamientos adecuados, pero que también son eficaces y accesibles para quienes los necesitan; de este modo podremos seguir avanzando en nuestro camino hacia un futuro más sostenible y equitativo para todos.
















