Los datos del Informe sobre IA Sostenible revelan una Italia cauta: ni seducida ni hostil, sino en busca de una relación fiable con la tecnología. Una lectura psicoanalítica revela que lo que realmente está en juego no es la inteligencia, sino la confianza epistémica.
¿Qué significa hoy confiar en la inteligencia artificial? No se trata sólo de creer en un algoritmo o en una nueva tecnología, sino de aceptar una relación de conocimiento y dependencia, un vínculo en el que, como en las relaciones humanas, siempre está presente el riesgo de ser traicionado. El Informe sobre IA Sostenible ofrece un valioso retrato sociológico de este frágil equilibrio: entre la curiosidad y el miedo, entre la confianza suspendida y la desconfianza protectora. A través de la mirada psicoanalítica, esos datos se convierten también en un mapa de nuestras emociones colectivas hacia lo digital.
Confianza, desconfianza y mentalización en la era de la IA sostenible
Los datos del Informe sobre IA Sostenible ofrecen una instantánea nítida pero compleja de la actitud de las distintas generaciones italianas ante la inteligencia artificial. Llama la atención la ausencia casi total de posiciones extremas: La confianza «fuerte» es rara, la desconfianza absoluta es minoritaria, mientras que prevalece una amplia franja intermedia de consenso moderado. Es como si la relación con la IA se jugara no tanto en el registro del entusiasmo o el rechazo, sino en el de la espera, la cautela, la confianza en suspenso. Italia parece encontrarse en una posición de apertura vigilante, más proclive a la reflexión que a la adhesión.
Desde un punto de vista generacional, surgen diferencias sutiles pero significativas. La Generación Z parece ser la más favorable, pero también la más influenciable: la confianza convive con la fragilidad de quienes siempre han estado inmersos en el mundo digital y tienden a proyectar en la IA expectativas salvíficas o amenazas catastróficas. Los Millennials, por su parte, son los más polarizados: entre la confianza y el rechazo, oscilan como en una relación ambivalente, en la que el objeto -la IA- es ahora idealizado, ahora devaluado. Los Baby Boomers y la Generación X muestran, por el contrario, un perfil más comedido: la confianza es cautelosa, el desencanto actúa como escudo. Esta configuración sugiere que la confianza depende no sólo del grado de familiaridad tecnológica, sino también de un equilibrio interno entre la curiosidad epistémica y la ansiedad de control, entre la voluntad de aprender y el miedo a ser sustituido.
Otra línea de interpretación decisiva es la de los cuatro núcleos de sostenibilidad esbozados por el informe. Los sujetos análogos sostenibles representan el núcleo más cohesionado y «mentalizador»: no niegan los riesgos, pero consiguen integrarlos en un marco de sentido. Podríamos decir que se mueven desde una «base segura», capaz de tolerar la incertidumbre y la complejidad. En el polo opuesto se encuentran los insostenibles digitales, la categoría más desconfiada y polarizada: expuestos a la tecnología a diario pero carentes de un contexto de valores que guíe su uso, oscilan entre la fascinación y la sospecha, entre la necesidad de confiar y el miedo a ser engañados: la IA es percibida como omnipotente o manipuladora, nunca como un interlocutor fiable. Desde una perspectiva psicodinámica, el tema de la confianza epistémica -la capacidad de estar abierto a aprender del otro cuando se percibe al otro como benévolo, competente e interesado- adquiere una importancia central. En las agrupaciones más sostenibles, esa confianza se manifiesta como una voluntad de mentalizar: reflexionar sobre las intenciones, los límites y las implicaciones de la IA, sin reducirla a una herramienta o una amenaza. Sin embargo, en los grupos más insostenibles prevalece un modo teleológico: lo que importa es sólo lo que «funciona» o «no funciona». Cuando la IA no produce un beneficio inmediato, la confianza se derrumba; el proceso de mentalización que permite

Las diferencias de actitud entre sectores -sanitario, laboral, movilidad- reflejan esta dinámica
La IA en la sanidad inspira una confianza moderada: sólo el 12% de los italianos cree «mucho» que puede mejorar los servicios, mientras que más de la mitad dice estar «bastante de acuerdo». Es el ámbito en el que la confianza es más frágil, pero también el que tiene mayor potencial de reparación. Al fin y al cabo, el cuidado es el paradigma original de la confianza epistémica: implica confiar en otro, tolerando la propia vulnerabilidad. Aquí, la confianza sólo puede construirse a través de la transparencia relacional y el marcaje explícito de los límites: el paciente debe saber dónde acaba la máquina y dónde empieza la responsabilidad humana.
En el trabajo, en cambio, surge el miedo a ser sustituido, en lugar de ayudado: una experiencia de pérdida de agencia que requiere narrativas reparadoras, capaces de reintegrar al individuo en el proceso. La confianza surge cuando la IA se percibe como un aliado en la regulación, no como un objeto de sumisión o venganza.
Desde este punto de vista, el modelo de Safran y Muran – «ruptura y reparación»- ofrece una valiosa clave. Muchas aplicaciones de IA generan inevitablemente «rupturas» en la alianza comunicativa: malas interpretaciones, respuestas estereotipadas, falta de sintonía. Lo que puede restaurar la confianza no es la perfección, sino la capacidad del sistema (y de sus diseñadores) para introducir movimientos de reparación: explicaciones, disculpas operativas, canales humanos de apoyo. La reparación es el acto terapéutico por excelencia, y también lo será para la IA si es capaz de reconocer y corregir sus propios fallos.
En conclusión, el Informe sobre IA Sostenible nos muestra que la confianza en la IA no es sólo una cuestión de competencia técnica, sino de relaciones epistémicas. Cuando existen marcos de valores compartidos -sostenibilidad, responsabilidad, humanidad- se desarrolla una apertura mentalizadora capaz de integrar la novedad sin negarla. Cuando, por el contrario, el vínculo de confianza es frágil o inexistente, la tecnología se vive como algo ajeno, a veces persecutorio. En definitiva, el verdadero reto de la inteligencia artificial no es hacerse más inteligente, sino más digna de confianza: no simular empatía, sino generar confianza epistémica.
















