Entre 1949 y 1957, decenas de miles de misteriosos destellos aparecieron en las placas del Observatorio de Palomar. Hoy, un nuevo análisis digital -publicado en Nature y en el Journal of the Astronomical Society of the Pacific- reabre el caso: ¿fueron errores de la emulsión fotográfica u objetos artificiales en órbita antes del Sputnik?
Hay ocasiones en que la ciencia tropieza con misterios que se resisten a cualquier explicación racional. Es 1949: en el desierto californiano, el telescopio Schmidt del Observatorio Palomar capta imágenes del cielo nocturno que, décadas más tarde, harán debatirse a los astrónomos de todo el mundo. Pequeños puntos brillantes, líneas finas, destellos repentinos: fenómenos que aparecen en una placa y desaparecen en la siguiente. En aquel momento, nadie prestó demasiada atención. Pero hoy, con las herramientas digitales de inteligencia artificial y análisis de imágenes, esas fotografías revelan algo sorprendente.
Dos estudios recientes, realizados por el proyecto internacional VASCO (Vanishing & Appearing Sources during a Century of Observations), han analizado más de dos mil placas fotográficas que datan de los años anteriores a la carrera espacial. Los resultados son sorprendentes: más de cien mil fuentes luminosas transitorias, algunas dispuestas en patrones regulares, aparecieron en los cielos mucho antes del lanzamiento del Sputnik 1, el primer satélite artificial de la humanidad.
¿Qué fotografiaron realmente los astrónomos? ¿Y por qué su frecuencia aumenta coincidiendo con las pruebas nucleares y los días en que se informó de «fenómenos aéreos no identificados»?
Es una historia que comienza en plena Guerra Fría, entre los vapores de las cámaras oscuras y las primeras angustias espaciales, y que hoy -gracias al poder del cálculo y del análisis estadístico- nos obliga a mirar el pasado con nuevos ojos.
El cielo sobre el monte Palomar
En la década de 1950, la fotografía astronómica vivió su edad de oro. En el Observatorio Palomar de California, el telescopio Samuel Oschin -un reflector Schmidt de 48 pulgadas- toma miles de imágenes del cielo de larga exposición.
Las enormes y delicadas placas fotográficas están cuidadosamente archivadas: un caudal de observaciones que abarca casi una década, entre 1949 y 1958, y que sigue representando uno de los registros más completos del cielo anterior a la era digital.
Pero algo no cuadra. En muchas de estas placas aparecen pequeños puntos brillantes que no se corresponden con estrellas o galaxias conocidas. A veces forman líneas, otras aparecen en grupos de tres o cinco, dispuestos casi geométricamente sobre el fondo del cielo estrellado. Cuando se vuelven a fotografiar las mismas zonas del cielo, minutos u horas después, esos objetos ya no están allí.
Durante mucho tiempo se pensó que se trataba de defectos en la emulsión fotográfica, motas de polvo o pequeñas imperfecciones en el proceso de revelado. Al fin y al cabo, la fotografía analógica está sujeta a mil anomalías minúsculas. Pero en 2021, un grupo de investigadores dirigido por Beatriz Villarroel, de la Universidad de Estocolmo, decidió investigar sistemáticamente el fenómeno.
El proyecto VASCO y el misterio de los muelles desaparecidos
El proyecto VASCO nació con un objetivo sencillo: comparar las antiguas placas astronómicas del Palomar Observatory Sky Survey con imágenes digitales modernas del cielo. La idea es identificar los objetos que han aparecido o desaparecido a lo largo de las décadas: estrellas explotadas, supernovas, pero también fenómenos menos conocidos.
El equipo, formado por astrónomos, expertos en inteligencia artificial y astrofílicos voluntarios, digitalizó y analizó más de 1.800 placas originales. Los resultados, publicados en Publications of the Astronomical Society of the Pacific y en Nature los días 17 y 20 de octubre de este año, superan todas las expectativas: en decenas de imágenes se encuentran agrupaciones de puntos brillantes -algunos dispuestos en líneas casi perfectamente rectas- que no corresponden a ninguna fuente celeste conocida.
El caso más llamativo se remonta al 12 de julio de 1950: nueve puntos brillantes aparecen simultáneamente en una sola placa, repartidos en un área de aproximadamente medio grado de cielo. Ninguno de esos puntos es visible en las imágenes tomadas unos minutos antes o después.
La hipótesis de los artefactos ópticos se examina rápidamente. Pero la disposición regular, el brillo uniforme y la distribución espacial dejan lugar a dudas. Si fueran arañazos o granos de polvo, no deberían presentar una simetría tan precisa.
¿Ovnis, satélites u otra cosa?
Los investigadores del proyecto VASCO nunca hablan de ovnis para no despertar el sensacionalismo, pero las similitudes con los informes de la época son inevitables. Entre 1949 y 1952 se registraron en Estados Unidos cientos de avistamientos de objetos voladores no identificados, muchos de ellos descritos como luces que se desplazaban rápidamente por el cielo.
Sin embargo, aún no existían los primeros satélites artificiales. El Sputnik 1 no se lanzó hasta 1957, mientras que Estados Unidos no consiguió poner en órbita su primer satélite -el Explorer 1- hasta el año siguiente. Si esas luces hubieran sido satélites, habrían aparecido, por tanto, siete años antes del inicio oficial de la era espacial.
Algunos científicos especulan con la posibilidad de que se trate de meteoros de corta duración, pero la duración de las exposiciones -a menudo de 30 o 40 minutos- hace improbable que el fenómeno se repita con la misma forma y brillo en varias placas.
Otros sugieren que podrían ser aviones militares estadounidenses o cohetes experimentales, o simplemente globos sonda con instrumentos de control a bordo, lanzados desde bases en los desiertos de Nevada o Nuevo México para registrar los parámetros atmosféricos durante las pruebas nucleares de la época.
No faltan teorías más especulativas: reflejos de cohetes suborbitales, globos sonda, pero tampoco faltan quienes sugieren que son restos de experimentos secretos realizados en el contexto del Proyecto Mogul, el mismo que supuestamente alimentó el mito de Roswell.
La mirada digital sobre el pasado
Para analizar este fenómeno, el equipo de VASCO utilizó algoritmos de aprendizaje automático entrenados para distinguir las imperfecciones de las placas de las señales reales.
El uso de inteligencia artificial permite examinar millones de píxeles en busca de correlaciones estadísticas invisibles para el ojo humano.
En el transcurso del proyecto, algunos investigadores han propuesto incluso utilizar estas mismas imágenes para entrenar algoritmos de reconocimiento automático de satélites o para reconstruir la evolución de la contaminación lumínica y atmosférica durante el siglo XX.
En cierto modo, pues, el misterio de los «puntos perdidos» ha generado una nueva forma de investigación: ya no centrada en el enigma en sí, sino en la utilización de los archivos históricos como laboratorios de inteligencia artificial.
En pocos años, miles de satélites y desechos artificiales poblarían la órbita baja, haciendo casi imposible distinguir lo que es natural de lo que es artificial.
Las fotografías del Observatorio Palomar representan, por tanto, una ventana única a la era preespacial, una instantánea del cielo «limpio» de aquella época. Y por ello se han convertido en un valioso recurso no sólo para los astrónomos, sino también para los historiadores de la ciencia, los ingenieros y los científicos de datos que estudian cómo los grandes archivos analógicos pueden seguir ofreciendo nuevos descubrimientos.
Cuando la ciencia se une al misterio
La historia de las «luces de Palomar» nos recuerda que la ciencia no avanza en línea recta. Todos los avances se derivan también de errores, anomalías y observaciones difíciles de explicar.
En los años 50, los astrónomos se limitaban a registrar datos sin plantearse demasiadas preguntas; hoy, esos mismos datos se reexaminan con herramientas de cálculo miles de veces más potentes que nos obligan a releer la historia de la astronomía con nuevos ojos.
Es posible que esos destellos sean simples defectos de la emulsión fotográfica. Pero también es posible que algunas de esas luces registraran por casualidad los primeros objetos artificiales lanzados por el hombre, experimentos militares o tecnológicos que permanecieron en secreto durante décadas.
Nunca lo sabremos con certeza, al menos hasta que aparezcan documentos de archivo que puedan relacionar esas fechas y coordenadas con actividades humanas conocidas.
Al final, lo que queda es una reflexión más amplia sobre la relación entre tecnología, memoria y conocimiento científico.
Las placas de Palomar, diseñadas para cartografiar las estrellas, resultan ser un archivo multidimensional: contienen huellas de nuestro pasado tecnológico, de nuestros miedos y esperanzas durante la Guerra Fría.
Y también nos recuerdan cómo la ciencia, aunque se base en datos y métodos, siempre está influida por el contexto cultural en el que opera.
En la posguerra, cada luz misteriosa en el cielo parecía una señal potencial «de ellos»: los soviéticos o los extraterrestres, algunos más malvados que otros. Hoy, las mismas luces nos dicen lo difícil que es distinguir lo real de lo supuesto, lo objetivo de lo interpretado -una lección más relevante que nunca, en la era de las imágenes generadas por la inteligencia artificial.
Un enigma que ilumina más de lo que oculta
Quizá nunca lleguemos a saber qué apareció realmente en esas placas del Observatorio de Palomar entre 1949 y 1957. Pero el verdadero valor de esta historia reside en otra parte: en el hecho de que la ciencia nunca deja de cuestionarse a sí misma.
Cada archivo, cada vieja fotografía, cada experimento olvidado puede convertirse -gracias a la tecnología y a la curiosidad humana- en una nueva frontera del conocimiento.
Y así, más de setenta años después, esas lucecitas colgadas en la oscuridad nos hablan no tanto de ovnis o misterios cósmicos, sino de la capacidad humana de mirar atrás para seguir adelante.
Un recordatorio de que, incluso en los cielos del pasado, pueden seguir acechando las preguntas del futuro.
















