El descubrimiento, la estafa y el giro final
Corre el año 1971. Mientras Richard Nixon y Nikita Khrushchev intercambian feroces acusaciones y la Guerra Fría alcanza su clímax, en el corazón de Filipinas se produce un descubrimiento digno de una película de aventuras. Una tribu desconocida, la última de la Tierra, vive completamente aislada del resto del mundo. Ningún contacto con la civilización, vestimenta primitiva, herramientas rudimentarias: en una época en la que los medios de comunicación ansían historias ligeras para llevarlas a la primera página o a la pantalla, el descubrimiento de los Tasaday se convierte en una noticia sensacional. Un misterio, una tribu aún en la Edad de Piedra, finalmente encontrada por un hombre afortunado, Dafal, un trampero seminómada que, gracias a un encuentro fortuito, conoce a este grupo de humanos que ha prosperado durante siglos prescindiendo de la modernidad. Pero, como suele ocurrir, las apariencias engañan y la verdad, como siempre, se revela de un modo que nadie espera.
El giro inicial: una tribu misteriosa
El gobierno filipino -dirigido por el tristemente célebre déspota Marcos- recibe la noticia de Dafal y envía a Manuel Elizalde Jr, representante del gobierno para las minorías étnicas, a ponerse en contacto con esta misteriosa tribu. Elizalde queda estupefacto ante el descubrimiento y todo el mundo científico y periodístico se abalanza sobre él: hoy diríamos que la noticia se hace viral, pero entonces ni siquiera existían los ordenadores personales… A falta de Internet, son los periódicos y la televisión los que hacen famosos a los Tasadays.
Mientras los reclutas americanos masacran civiles y son masacrados en Vietnam, una tribu de cazadores-recolectores, desconocida para cualquier antropólogo, vive en paz y ni siquiera conoce las herramientas más comunes. Los ingredientes emocionales para convertir a los Tasadays en auténticas estrellas están todos ahí: el mito del «buen salvaje», la fascinación exótica de la naturaleza intocada por la civilización, de la vida al aire libre, lejos de la contaminación, el estrés y la guerra.
El sospechoso: dudas e incoherencias
Sin embargo, las cosas no son siempre lo que parecen. Años más tarde, la verdad empieza a salir a la luz, aunque lentamente. Durante un reportaje del suizo Oswald Iten y la estadounidense Judith Moses, los Tasadays son sorprendidos cambiándose rápidamente, quitándose la ropa moderna para cubrirse con unos harapos de cuero al estilo de «Los Picapiedra». Las cámaras los captan mientras se apresuran a posar para las fotos, fingiendo vivir como salvajes. Todo, por supuesto, bajo la atenta mirada de Elizalde. Pero la mayor sorpresa llega cuando algunos de los miembros de la tribu revelan que, desde 1971, les han pagado por hacer el papel de salvajes. La verdad empieza a salir a la luz, y surge una idea inesperada: lo que parecía ser un descubrimiento científico trascendental parece, en realidad, un elaborado engaño.
La investigación y la (primera) revelación
En 1988, el Congreso Internacional de Antropología y Ciencias Etnológicas de Zagreb marca el punto de no retorno. Científicos e investigadores empiezan a encajar las piezas del rompecabezas y a desmontar la historia de los Tasaday pieza a pieza. La tribu vive a sólo tres horas a pie de las comunidades agrícolas locales y, sin embargo, nadie parece saber de su existencia. Las cuevas en las que se refugian, totalmente desprovistas de signos de vida cotidiana como basura o herramientas, se parecen sospechosamente a un plató de Hollywood. Son una tribu de cazadores-recolectores, pero ni siquiera inventaron recipientes para transportar los regalos de la naturaleza a sus campamentos. Son cazadores, pero no tienen ningún tipo de técnica de caza ni armas: sólo utilizan las manos. ¿Por qué, en el resto del mundo, ninguna cultura indígena conocida vive en estas condiciones?
Las acusaciones: un golpe bajo para la ciencia
Gerald Berreman, uno de los antropólogos que siempre ha dudado de la autenticidad de la tribu, ofrece un análisis lúcido y demoledor. Según él, toda la historia de los Tasaday fue empaquetada ad hoc, como una obra de teatro concebida para alimentar la obsesión occidental por la pureza primitiva. De hecho, la estafa se construyó precisamente sobre esta visión idealizada del «buen salvaje», concepto que calaba en gran parte de la opinión pública de la época. Sin embargo, la revelación más sorprendente es que la tribu nunca estuvo realmente aislada: los Tasaday interactuaban con otras tribus de la zona, como los Blit Manobo y los T’boli, cuyos conocimientos moldearon sus vidas y se encuentran en sus tradiciones orales.
Lengua y glotocronología: la prueba decisiva
Otro elemento que complica aún más el asunto es la lengua de los tasaday. Al principio, algunos lingüistas sostenían que la lengua hablada por la tribu era completamente única y no se podía relacionar con ninguna lengua local. Sin embargo, con el paso del tiempo, la glotocronología (disciplina que mide el tiempo de separación entre lenguas vivas basándose en los cambios lingüísticos) revela una realidad sorprendente. La lengua de los tasaday no es un idioma aislado, sino un dialecto del manobo de Cotabato, una lengua hablada por otros grupos de la región. El lingüista Lawrence Reid, uno de los protagonistas de estos descubrimientos, demuestra que el dialecto tasaday está emparentado con esa lengua, pero que sólo se separó de ella unos 150 años antes del «descubrimiento» de la tribu. Esto da peso a la teoría de que los tasaday nunca estuvieron tan aislados como se había rumoreado, sino que sufrieron una separación debida a acontecimientos históricos, como la esclavitud o la guerra.
El fin del mito
A medida que van apareciendo nuevos detalles, la verdad sobre los Tasaday se hace cada vez más evidente. Resulta que la tribu, lejos de estar aislada, interactuaba habitualmente con las tribus vecinas, comerciando, quizá por necesidad y para defenderse de amenazas externas. Mientras las películas inspiradas en Tarzán arrasan en el cine, la leyenda de Tasaday, tan querida por los aficionados a la vida primitiva, se desmonta pieza a pieza. Los miembros de la tribu, que se habían prestado al juego, se convierten en las propias víctimas de un engaño que no habían elegido. Algunos se retractan de sus declaraciones, alegando que se les pagó con… cigarrillos… y se les indujo a contar una historia que nunca fue suya. Y lo hacen a cambio de nuevos suministros de … cigarrillos.
¿Caso cerrado? Ni mucho menos.
Según Robin Hemley, profesor de inglés (no de antropología) en la Universidad de Utah y autor de Invented Eden. The Elusive, Disputed History of the Tasaday (Farrar, Straus and Giroux, 2003, ahora reeditado), la verdad sobre esta historia dista mucho de ser sencilla. La tesis de Hemley -que no es sólo suya, sino compartida por un pequeño y decidido grupo de antropólogos y lingüistas- sostiene que la verdadera estafa no es la de los tasaday, sino la del «descubrimiento», en 1986, de la supuesta estafa.
Según Hemley, el ambiente político de la época, que asociaba todo asunto relacionado con el régimen de Marcos con algo ‘sucio’ y ‘malvado’ (lo que Hemley no minimiza), creó el contexto ideal para una narrativa basada en tesis políticas ideológicas y testimonios no verificados, como los del militante comunista Joey Lozano. Lozano, que supuestamente reclutó ‘testigos’ para confirmar el supuesto escándalo, admitiría más tarde que muchos de ellos fueron pagados para mentir y desmentir el bulo… con más mentiras.
Hemley, sin embargo, no sólo entrevistó a los tasaday, sino que aporta argumentos convincentes para demostrar que la idea de que son miembros de otras tribus, contratados por Elizalde como «actores» para representar el papel de la tribu aislada, es insostenible. La lengua tasaday, por ejemplo, existe y se grabó en cintas de casete ya en los años setenta. Su riqueza y coherencia interna demuestran que enseñarla en pocos meses, no sólo a los adultos sino también a los niños de la tribu, habría sido prácticamente imposible.
Esto no quiere decir que Elizalde y algunos antropólogos entusiastas no exageraran la importancia del descubrimiento de 1971 o que no hubiera errores de apreciación. Hoy, con el nuevo gobierno democrático filipino reconociendo oficialmente la existencia de los tasaday y rechazando la idea de fraude, la investigación antropológica parece encaminarse hacia una nueva hipótesis. Los Tasaday no serían un grupo muy antiguo «abandonado» en la Edad de Piedra y que vivía en cuevas, sino una subtribu que, debido a una epidemia devastadora, se aisló en la selva y perdió el conocimiento de la agricultura y los metales. La regresión a un estado salvaje probablemente no se remonta a más de un par de siglos.
Lévi-Strauss habría hablado de un grupo «pseudoarcaico». Y aunque este enfoque refleja la teoría de que los «salvajes» nunca fueron pueblos en un paradisíaco «estado de naturaleza», sino grupos que degeneraron a partir de un estado de civilización, es seguro que esta visión no encontraría hoy el favor de algunos antropólogos «políticamente correctos». Éstos, por el contrario, se han visto confrontados no sólo a un embrollo, sino también a una contradicción entre su ideología y la realidad de una cultura compleja que ha evolucionado de forma totalmente imprevista.
Una verdad incómoda: ¿engaño o necesidad?
La historia de los Tasaday es un caso emblemático de cómo la ciencia puede verse distorsionada por motivaciones ideológicas o, peor aún, por intereses personales. Si bien el descubrimiento de los Tasaday representó un importante momento de «exploración» para los medios de comunicación y la cultura popular, también puso de manifiesto la facilidad con que puede manipularse la verdad, en nombre de una imagen que se ajuste a determinados deseos colectivos. El engaño -o el supuesto engaño- o, digamos, el descubrimiento fuertemente embellecido – orquestado por Elizalde tuvo repercusiones devastadoras; no sólo para quienes creían en la existencia de una tribu «intacta» y no contaminada por la modernidad, sino también para el trabajo serio de antropólogos y científicos, que durante años se encontraron defendiendo una realidad que no existía o -por el contrario- desmintiéndola basándose en pruebas y testimonios que más tarde resultaron ser falsos.
En un mundo en el que la verdad puede manipularse mediante el engaño, los Tasadays nos enseñan una importante lección. La ciencia y la investigación deben basarse siempre en métodos rigurosos y en un compromiso inquebrantable con la transparencia. Sin embargo, es difícil no preguntarse: ¿qué habría pasado si no hubiera sido por la valentía de quienes cuestionaron la «historia oficial»? ¿Y qué habría pasado si esta última contranarrativa no se hubiera sometido también a una«comprobación de hechos» igualmente rigurosa, como la llamamos hoy en día?
Tal vez, la verdad de los Tasadays habría permanecido enterrada, como tantos otros engaños científicos de nuestra historia. Hoy sólo nos queda esperar que, con el método y el espíritu crítico adecuados, podamos descubrir las verdades más ocultas, incluso cuando la realidad se esconde tras la ilusión de la perfección e incluso cuando es la propia comprobación de los hechos la que es… cualquier cosa menos rigurosa e imparcial.
















