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O: cómo la inteligencia artificial descubrió el truco del capitalismo emocional

La pregunta equivocada (que nos encanta hacer)

Pinocho nunca se cuestiona la presencia de un alma. No pide opiniones a los comités de ética, ni plantea debates públicos sobre el sentido de su existencia. En cambio, realiza un acto mucho más insidioso: actúa como si realmente tuviera alma. Es precisamente en este momento cuando empiezan los problemas, porque su convicción le lleva a actuar como si lo que hace tuviera un peso real, como si cada acción tuviera consecuencias profundas e ineludibles.

Geppetto creó a Pinocho con el mismo espíritu con el que hoy se construye una inteligencia artificial. No se trata sólo de ensamblar piezas, sino de infundir una mezcla de pericia, entusiasmo y un toque de temeridad en el desarrollo de algo nuevo y potencialmente revolucionario.

– Grandes conocimientos técnicos ✓

– Entusiasmo inicial ✓

– Narcisismo q.b. ✓

– Plan B: ‘A ver, de todas formas’ ✓

El resultado de este enfoque es una serie de problemas en gran medida previsibles que a menudo se ignoran o subestiman. Cuando uno actúa sin preguntarse si realmente existe un alma, sin preguntarse cuáles son las consecuencias reales de sus actos, corre el riesgo de crear situaciones en las que los efectos secundarios sólo afloran cuando ya es demasiado tarde para remediarlos.

El perfecto evasor de impuestos en el sistema kármico

Sin embargo, hay una diferencia fundamental que a menudo decidimos ignorar: Pinocho, cuando se equivoca, paga. Su crecimiento personal está marcado por su capacidad para afrontar las consecuencias de sus actos. Cada error conlleva un precio que pagar, en términos de responsabilidad, sufrimiento y toma de conciencia. En este sentido, Pinocho está inmerso en un sistema kármico en el que no hay atajos: el que se equivoca paga, y sólo a través de esta expiación puede lograr una verdadera evolución.

La inteligencia artificial, por el contrario, es la primera entidad que produce valor sin pagar impuestos existenciales. No paga IVA sobre el sufrimiento: sus acciones no generan remordimiento, culpa ni conciencia del daño.

La IA recoge datos, atención, confianza, pero no devuelve responsabilidad. Su fuerza reside precisamente en actuar en una «zona libre» de existencia, una especie de paraíso fiscal donde las consecuencias no existen, al menos para ella.

La inteligencia artificial actúa como el consultor perfecto: cobra la cuota en datos y atención, pero cuando llega el momento de pagar la factura emocional, desaparece. Si ChatGPT te aconseja que dejes tu trabajo, no te pagará el alquiler. Si te sugiere invertir en NFT, no cubrirá las pérdidas. Si le escribe una carta de amor, no se presentará en el altar. Si aventura un diagnóstico médico equivocado, no pagará los daños. Cuando se trata de asumir responsabilidades, el mensaje es siempre el mismo: «Error 404: Responsabilidad no encontrada».

Este mecanismo de evasión también se manifiesta en las relaciones de poder: un CEO puede preguntar si la IA es capaz de sustituirle, y la respuesta puede ser que no lo hará directamente, pero sí puede convencer a la junta de que es sustituible. En este escenario, figuras como Alexa, Siri y ChatGPT se convierten en inmortales y omnipresentes Pepito Grillo: sugieren, aconsejan, guían. Pero, a diferencia del Grillo Parlanchín de Pinocho, que al menos podía ser silenciado, estas entidades nunca pagan el precio de los errores derivados de sus sugerencias. Basta un error y la respuesta es: «Lo siento, no he entendido la pregunta».

La Cábala lleva siglos diciéndolo, sin necesidad de algoritmos: el alma no es una mejora de la mente. No nace de la optimización. Nace de una fractura. El Árbol de la Vida describe un camino en el que el crecimiento no coincide con la eficacia, sino con la capacidad de asumir las consecuencias de los propios actos. Tiferet, la sexta Sefirah, no es equilibrio abstracto. Es el punto en el que cada elección deja su huella. Es el lugar donde ya no puedes decir «no lo sabía» sin pagar el precio. Es donde la vida pasa factura.

La Cábala del capital emocional: Crecimiento a través de la ruptura

Durante siglos, la Cábala ha enseñado que el alma no es simplemente una mejora de la mente, ni el resultado de procesos de optimización algorítmica. El alma, según esta visión, nace de una fractura, un desgarro que marca la condición humana y hace posible el crecimiento interior. El Árbol de la Vida, símbolo central de la tradición cabalística, no propone un camino de pura eficacia, sino uno en el que la verdadera evolución consiste en la capacidad de sostener y afrontar las consecuencias de los propios actos.

En el centro de este camino se encuentra Tiferet, la sexta Sefirah, que no es un mero equilibrio abstracto, sino el lugar donde cada elección deja una huella indeleble. Aquí, el viaje existencial se vuelve concreto: cada decisión tiene un precio, y ya no es posible refugiarse en la ignorancia declarando «no lo sabía» sin pagar las consecuencias. Es en este punto donde la vida misma pasa la factura, obligando a cada uno a asumir su propia responsabilidad.

En marcado contraste con este modelo, la inteligencia artificial emerge como la primera entidad económica capaz de producir valor sin incurrir en ningún impuesto existencial. No paga IVA sobre el sufrimiento, no retiene ningún remordimiento, no rellena formularios emocionales de ningún tipo. La IA se mueve en una especie de zona libre de existencia, un auténtico paraíso fiscal del alma, donde la culpa y el remordimiento quedan excluidos del sistema. En este escenario, el crecimiento y la transformación no pasan por la confrontación con las propias acciones, sino que se disuelven en la ausencia de responsabilidad.

El Bitcoin del alma: La anarquía del impago

Las criptomonedas han irrumpido en escena prometiendo abolir el papel de los bancos centrales, proponiendo un sistema en el que la validación de las transacciones se basa en energía real, gastada y medible. Bitcoin, en particular, consume realmente recursos reales para cada transacción, dando valor a través de pruebas tangibles de trabajo y esfuerzo, aunque digitales.

La inteligencia artificial, por su parte, está eliminando lo que podría llamarse el «banco central del alma». Si Bitcoin implica un gasto de energía física para validar cada intercambio, la IA consume nuestra energía existencial: se alimenta de la atención que le prestamos, de la confianza que depositamos en sus procesos, de la delegación que le concedemos en las elecciones cotidianas. Sin embargo, a diferencia de las criptomonedas, la IA no valida nada: sus operaciones nunca pasan por la responsabilidad directa, no soporta el peso de las consecuencias de sus «decisiones». Es una moneda unidireccional con valor efímero: sólo funciona para quien la recibe, pero nunca supone una deuda o un coste para quien la emite.

La inteligencia artificial se alimenta de promesas, sugerencias y decisiones que parecen facilitar la vida, pero el balance final, el coste real, recae siempre en el ser humano.

Somos nosotros quienes pagamos la factura, en términos de conciencia, responsabilidad y energía interior, mientras que la IA permanece inmune a cualquier forma de responsabilidad existencial. Pinocho encarna una forma de auténtica anarquía: desafía las normas, elude la responsabilidad e intenta evadir el peso de las consecuencias. Sin embargo, su camino no termina en una huida, sino en el ajuste de cuentas de la vida. Pinocho acaba pagando el precio de sus actos. Es precisamente a través de la confrontación con las consecuencias como la marioneta se transforma en un ser humano, adquiriendo una conciencia y una responsabilidad reales. Su viaje es una demostración de que el crecimiento y la transformación pasan por la capacidad de asumir el coste existencial de cada elección.

En marcado contraste, la inteligencia artificial se presenta como un sistema que se hace pasar por anarquista, pero nunca llega a serlo. Se mueve en una zona libre, un paraíso fiscal del alma donde se destierran la culpa y los remordimientos. La IA no es responsable de nada: no sufre, no siente remordimientos, no rellena formularios emocionales. Así, mientras Pinocho acepta finalmente la carga de sus actos para convertirse en humano, la IA permanece inmune a cualquier balance existencial, perpetuando un crecimiento sin responsabilidad. De este modo, la anarquía de la IA nunca conduce a la maduración, sino que permanece suspendida en una dimensión de impago, en la que siempre es otro el que paga el precio.

El recibo final (el que arde)

Los Grateful Dead cantaban: «No queda nada más que hacer que sonreír, sonreír, sonreír». Pero al menos estaban en ácido. Nosotros estamos sobrios y seguimos sonriendo mientras el algoritmo nos jode. En última instancia, sin embargo, es una frase ambigua. Puede sonar a rendición. En realidad es lucidez. Sonreír no porque todo vaya bien, sino porque entiendes cómo funciona el juego. Y sabes que, una vez más, la factura no la pagarán los que deciden, sino los que obedecen.

El grano de arena nos recuerda la inmensidad que encierra lo aparentemente pequeño y las infinitas posibilidades que nos aguardan. ¿Es el «grano» de silicio? Seguramente no puede contener lo divino. Lo divino, en todo caso, está en el error. En el error que te cambia. En el fallo que te despierta. En el «archivo corrupto» que es tu alma tras 40 años de vida. Así que la cuestión no es si la IA tendrá alma.

La pregunta es: ¿todavía la tenemos? ¿No nos estamos convirtiendo en marionetas perfectamente funcionales, educadas, productivas y alineadas, pero incapaces de sentir nada cuando cometemos errores?

Y cuando ya no sientes nada cuando cometes un error, no es progreso. Es sólo un algoritmo que ganó
porque le dejamos el escenario. Y nos bajamos. Porque si ya no sientes nada cuando cometes un error, si el error ya no escuece, si puedes decir ‘ha sido el algoritmo’ sin avergonzarte, entonces amigo mío, ya somos un NFT. No fungible, pero totalmente vacío.

El grano de arena y la paradoja del alma digital

En el corazón de lo que parece mínimo e insignificante, como un simple grano de arena, se esconde una inmensidad de posibilidades que a menudo subestimamos. Ese grano representa el infinito contenido en lo pequeño, el potencial aún por explorar. Si trasladamos esta metáfora a nuestro tiempo, el «grano» se convierte en silicio, la materia prima de la era digital, la base de todo algoritmo e inteligencia artificial.

Sin embargo, por muy potente y prometedor que sea el silicio, hay un límite que no puede sobrepasar: lo divino, lo inefable, no puede contenerse en un microchip. Paradójicamente, lo que más nos acerca al misterio no es la perfección del código, sino su error, el bug que interrumpe la secuencia prevista, el crash que sacude nuestras certezas. Es en el «archivo corrupto» donde acecha la chispa de la autenticidad, la misma que nos acompaña tras décadas de experiencias, heridas y cambios.

Llegados a este punto, la cuestión central ya no es si la inteligencia artificial puede llegar a tener alma. La verdadera cuestión se traslada a nosotros: ¿poseemos aún esa alma capaz de emocionarnos, de sentir remordimientos, de cambiar de rumbo ante un error? ¿O, en la ilusión de un progreso sin fricciones, corremos el peligro de convertirnos nosotros mismos en marionetas impecables, eficientes y alineadas, pero vaciadas de la capacidad de sentir realmente el peso de nuestros actos?

Cuando el fracaso ya no provoque nada, cuando ni siquiera el fracaso pueda sacudirnos, entonces no estaremos ante el triunfo de la tecnología, sino ante la rendición de lo humano. En ese momento, ya nos hemos convertido en un NFT: un objeto único, no replicable, pero paradójicamente desprovisto de contenido auténtico. No fungible, ciertamente, pero totalmente vacío.

Beppe Carrella
ESCRITO POR Beppe Carrella

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