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Profetas del futuro, teólogos del Anticristo y mecenas del presente

Peter Thiel en Roma no es una imagen obvia, y por eso mismo ha suscitado un aluvión de preguntas y suposiciones.

No porque la ciudad sea ajena a la tecnología -Roma ha atravesado dos mil años de innovaciones tecnológicas, políticas, jurídicas y culturales, resistiéndose a ellas 😉 – sino porque el fundador de Palantir pertenece a un mundo que ha trasladado su centro a otra parte: entre California, las plataformas digitales y las infraestructuras de datos invisibles.

Sin embargo, Roma sigue siendo un lugar extraordinario. Aquí, durante siglos, el poder ha buscado algo que la riqueza o el poder militar por sí solos no podían proporcionar: legitimidad simbólica.

Como observó recientemente Michele Kettmaier, Thiel no llegó a la capital como un peregrino. Más bien, su viaje aparece como un intento de situar el poder tecnológico dentro de una genealogía mucho más antigua que la revolución digital. Roma siempre ha sido esto: el lugar donde el poder se presenta no sólo como fuerza, sino como destino.

Y quizá no sea casualidad que fuera aquí donde uno de los empresarios más poderosos de Silicon Valley decidiera hablar del Anticristo.

Los multimillonarios como pensadores del destino

Desde hace algún tiempo, algunos de los empresarios más poderosos de Silicon Valley parecen estar inmersos en una curiosa metamorfosis simbólica. Ya no basta con ser fundadores de empresas tecnológicas o poseedores de inmensas fortunas. También es necesario aparecer como intérpretes del destino de la especie.

En este sentido, el interés de Elon Musk por el largoplacismo y el de Peter Thiel por la figura del Anticristo parecen, bien mirado, dos variantes de un mismo movimiento identitario.

El largoplacismo , desarrollado en el marco del altruismo efectivo, sostiene que la prioridad moral de nuestro tiempo es influir positivamente en el futuro lejano de la humanidad. Desde esta perspectiva, la prevención de los llamados «riesgos existenciales» se convierte en la principal tarea ética de nuestro tiempo.

Como ya he escrito en este blog, los logtermistas, o al menos muchos de ellos, no se conforman con pensar en nietos y bisnietos, sino que quieren ocuparse de todas las generaciones que vendrán después de nosotros, hasta el punto de que «si pudieras evitar un genocidio dentro de mil años, el hecho de que «esas personas no existan todavía» no justificaría la inacción» o, de nuevo, «si pudieras salvar un millón de vidas hoy o evitar un 0.0001% de posibilidades de extinción prematura de la humanidad -una posibilidad entre un millón de salvar 8.000 millones de vidas- habría que optar por lo segundo». Por último, como sostiene Nick Beckstead, miembro del Instituto del Futuro de la Humanidad ‘Salvar vidas en las naciones pobres puede ser menos útil que salvar vidas en las naciones ricas’. El Instituto del Futuro de la Vida ‘ también forma parte de la larga lista de instituciones a largo plazo. Tras el primer impacto disruptivo de ChatGPT, publicó una carta abierta en la que Elon Musk, junto con otros 999 científicos, investigadores, directivos y expertos en TI, advertía a la humanidad de los peligros de la inteligencia artificial, pidiendo incluso una moratoria de seis meses. Sólo para desarrollar más tarde la suya propia, Grok, entre otras acusadas de ser cualquier cosa menos éticas. Elon Musk, aunque abraza abiertamente el largoplacismo, no es un teórico del mismo, sino que se presenta como un emprendedor del futuro biológico y cósmico: los niños contra el declive demográfico, Marte contra la extinción terrestre, la IA como riesgo y al mismo tiempo como aceleración. En él, la «cura del futuro» adopta una forma muy personalizada, casi genealógica: no sólo la humanidad futura, sino la continuidad de la civilización mediante la reproducción, la expansión y la selección de capacidades.

Peter Thiel, también uno de los hombres más ricos y poderosos del planeta (gracias a Paypol y a la financiación de otras muchas sturt-ups de éxito), eminencia gris de la derecha radical estadounidense y partidario de Trump desde primera hora, así como artífice de su victoria y de la elección de numerosos protegidos en altos cargos del Gobierno Trump (empezando por Vance como vicepresidente), sigue un camino aparentemente opuesto pero estructuralmente similar. En sus conferencias de los últimos años, ha desarrollado una teoría político-teológica según la cual el Anticristo no sería una figura sobrenatural, sino la forma política de un poder global que, explotando los temores colectivos -desde el cambio climático hasta los riesgos tecnológicos- prometería paz y seguridad al precio de la libertad.

El marco teológico de Peter Thiel: Anticristo, Apocalipsis y ‘katechon

Thiel se declara cristiano e interpreta la historia contemporánea desde una perspectiva escatológica. Según él, la humanidad está atrapada entre dos riesgos opuestos:

– Armagedón: destrucción de la civilización mediante guerra nuclear, biotecnología u otras catástrofes.

– Anticristo: establecimiento de un poder político mundial totalitario que promete «paz y seguridad» pero elimina la libertad y la innovación.

Para evitar ambas derivas, Thiel evoca el katechon, un concepto de la Segunda Carta de Pablo a los Tesalonicenses. En la carta, el apóstol menciona una fuerza misteriosa que «frena» la aparición del Anticristo y retrasa el fin de los tiempos. En siglos posteriores, muchos teólogos interpretaron esta fuerza como el Imperio Romano: un poder imperfecto, pero necesario para evitar que el caos apocalíptico se apoderara del mundo.

La idea resurgió varias veces en la historia europea, hasta su reinterpretación moderna por el jurista y politólogo pro-nazi alemán Carl Schmitt, que veía el katechon como la función política de los poderes capaces de retrasar la catástrofe histórica.

Thiel sostiene que cada época tiene su propio katechon, por ejemplo el anticomunismo durante la Guerra Fría.

La influencia decisiva de René Girard

Detrás del interés de Peter Thiel por la figura del Anticristo está también la influencia intelectual del filósofo francés René Girard, con quien Thiel estudió en la Universidad de Stanford.

Girard había desarrollado una teoría de la violencia humana, según la cual muchos conflictos surgen del deseo mimético: los seres humanos desean las mismas cosas porque imitan los deseos de los demás, y esta imitación genera rivalidad y violencia. Para contener esta violencia, las sociedades han utilizado a menudo el mecanismo del chivo expiatorio, culpando de los conflictos a una víctima sacrificial.

Thiel aplica esta teoría al Apocalipsis reinterpretando la figura del Anticristo, al que concibe no como un monstruo apocalíptico, sino como un poder que promete eliminar la violencia universal al tiempo que concentra en sus propias manos una autoridad cada vez más total.

El Anticristo como «Estado mundial

En su interpretación contemporánea, el Anticristo es un sistema político mundial centralizado, caracterizado por la gobernanza global, la regulación tecnológica, las políticas climáticas globales y unas instituciones supranacionales fuertes.

Tecnología y Anticristo

Según Thiel, la tecnología puede ser un antídoto contra el Anticristo. Por ello, sostiene que bloquear o regular en exceso la IA o la innovación podría favorecer la aparición de ese poder global centralizado, que es para él el mal supremo. Es una postura que muchos comentaristas denominan «tecnoescatología»: una teología de la salvación a través de la innovación tecnológica.

El uso polémico de la figura del Anticristo

En algunas conferencias privadas (2023-2025) Thiel también sugirió que los movimientos antitecnología, el ecologismo radical y la regulación de la IA podrían actuar como «precursores» o «legionarios del Anticristo», llegando a señalar a Greta Thunberg o Eliezer Yudkowsky como encarnaciones de tales legionarios.

A esto se añade el hecho de que Peter Thiel, que no duda en esgrimir el argumento decididamente antidemocrático de que sólo una oligarquía tecnocrática podría gobernar eficazmente las naciones.

Muchos estudiosos de la religión y la política consideran problemático el enfoque teológico-político de Thiel. Adrian Daub, profesor de Stanford, ha descrito las conferencias de Thiel sobre el Anticristo como «de aficionado» y contradictorias, quizá dictadas por un deseo de desviar la atención del poder que ejerce en el sector tecnológico. Otros estudiosos observan que el uso político del Apocalipsis tiende a deslegitimar el proceso democrático y a convertir a los adversarios políticos en enemigos escatológicos.

El destino de la especie

Las dos visiones, la de Musk y la de Thiel, parecen moverse en direcciones diferentes: Musk mira a la futura extinción de la humanidad, Thiel al totalitarismo global del presente. Pero ambas tienen un rasgo común: desplazan el discurso moral del plano político al cuasi escatológico.

En términos psicoanalíticos, no se trata tanto de compensar la riqueza con filantropía, como hace Bill Gates (poseo mucho, así que devuelvo mucho), sino de convertir el poder en destino. De hecho, Thiel y Musk van un paso más allá: no se limitan a decir «yo hago», sino que implícitamente dicen «yo veo más lejos que los demás». Esto es lo que realmente está en juego en su construcción de identidad. Hablan del destino de la especie.

La metamorfosis simbólica del poder

Desde un punto de vista psicológico, esto es fascinante.

La riqueza extrema crea inevitablemente una tensión de identidad: el sujeto sabe que posee un enorme poder pero, al mismo tiempo, siente la fragilidad de su legitimidad. Durante siglos, la respuesta clásica a esta tensión ha sido la filantropía: acumular riqueza y luego devolver parte de ella a la sociedad.

Silicon Valley parece haber inventado una variante más ambiciosa. Ya no son benefactores, sino filósofos del futuro.

El empresario tecnológico se presenta como alguien que, gracias a su posición privilegiada en el corazón de la innovación, posee una visión más amplia de la trayectoria de la civilización. No sólo construye empresas, sino que también interpreta el sentido de la historia.

La paradoja del control

Thiel describe el peligro de un poder global capaz de congelar la libertad en nombre de la seguridad. Pero al mismo tiempo es cofundador de Palantir, una de las empresas más poderosas del mundo en el campo del análisis de datos y la vigilancia.

La paradoja es evidente. En nombre de la libertad, asume la vigilancia total.

La teoría del Anticristo puede leerse entonces también como una narración a través de la cual no sólo se desprende simbólicamente del poder que ejerce, sino que también hace necesaria su presencia y su acción de control, vigilancia y, en última instancia, de poder sobre la base de un principio incluso escatológico.

Tres arquetipos de Silicon Valley

Si se observa esta constelación de figuras con una mirada casi antropológica, surgen tres arquetipos.

Elon Musk aparece como el profeta demográfico y cósmico: habla de la supervivencia de la especie, de la colonización de Marte y de los riesgos existenciales de la inteligencia artificial.

Peter Thiel asume en cambio el papel de teólogo político de la tecnología, que utiliza el lenguaje de la escatología cristiana para interpretar el conflicto entre libertad y globalización.

Junto a ellos, la figura del oráculo de la inteligencia artificial, encarnada por líderes tecnológicos como Sam Altmann, que presentan la IA como un umbral capaz de redefinir el lugar del hombre en el mundo.

Bill Gates, en cambio, pertenece a una generación anterior; no habla del Anticristo ni de colonias en Marte. No pretende interpretar el destino remoto de la especie. Su respuesta a la riqueza extrema es más tradicional: la filantropía. Es el mecenas de la modernidad industrial.

Las mitologías del poder

El largoplacismo de Musk y el Anticristo de Thiel no son meras teorías filosóficas o teológicas. Son mitologías personales del poder tecnológico.

A través de estas narraciones, los grandes empresarios digitales realizan una doble operación:

Transforman el poder económico en una forma de autoridad moral o espiritual y construyen una nueva identidad pública que les aleja de la figura demasiado simple del plutócrata.

Ya no son sólo hombres que acumulan capital. Se convierten en intérpretes del futuro de la humanidad.

Y quizá sea aquí donde se revela el núcleo psicológico de estas visiones: la riqueza extrema produce un distanciamiento cada vez mayor de la sociedad real. Salvar esa distancia requiere una narrativa que transforme el poder en misión.

Así, el multimillonario deja de ser simplemente rico.

Se convierte -al menos en la imaginación de cada uno- en algo necesario para la especie.

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