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El agua está en todas partes. En los grifos, en los ríos, en los servidores. Corre bajo las ciudades, en las grietas de las infraestructuras, en las tuberías oxidadas de los suburbios. Pero también en cables, en flujos de datos, en gráficos que prometen eficiencia. Sin embargo, mientras hablamos de inteligencia artificial, metaverso y blockchain, una de cada cuatro personas en el mundo no tiene acceso a agua potable (fuente OMS/UNICEF – Semana Mundial del Agua 2025). En Italia, donde el agua debería ser un derecho grabado en piedra, se pierde más del 42% de la que llega a las redes (fuente ASviS – Informe Objetivo 6 2025). Un colador de agua en plena era digital.

No es sólo una cuestión técnica. Es una cuestión de poder. De acceso. De imágenes. Porque el agua no es sólo un recurso: es una relación. Y por eso, para entender quién la gobierna realmente, quizá tengamos que dejar de mirar los informes y empezar a mirar los símbolos. A los mitos. A los arquetipos.

Imagina dos figuras: Poseidón y Aquaman. El dios y el rey. La ira y la diplomacia. La memoria y la innovación. Juntos, nos ofrecen una clave para leer el ODS 6 -agua limpia y saneamiento- desde una perspectiva radicalmente nueva: la de la soberanía digital del agua.

Poseidón: el dios que no firma protocolos

Poseidón no es un dios complaciente. Es inestable, vengativo, profundamente apegado a la tierra y a sus heridas. Pero también es el guardián de los manantiales, de los acuíferos, de las aguas que fluyen invisibles bajo nuestros pies. Hoy, en su tridente, ya no hay olas y tormentas, sino sensores medioambientales, fibra óptica, redes de agua inteligentes.

Es quien se opone a la privatización de los datos medioambientales. Quien rechaza la lógica extractiva de los algoritmos. Quien exige respeto, no KPI. Poseidón no firma protocolos: los hace temblar. Es el dios que nos recuerda que el agua no se controla. Se la escucha.

Y si pudiera hablar hoy, quizá diría: «No basta con vigilar. Hay que proteger. No basta con digitalizar. Hay que decidir quién tiene derecho a saber y quién tiene el deber de vigilar».

Aquaman: el rey que no olvida los suburbios

Aquaman, en cambio, es el diplomático. El gobernante de Atlantis, la ciudad submarina donde coexisten la tecnología y la naturaleza. Es el puente entre mundos, el mediador entre lo humano y lo marino. Pero, sobre todo, es el guardián de la infraestructura inteligente del agua. En Atlantis, el agua se rastrea, se purifica y se distribuye equitativamente. Los sensores no son herramientas de vigilancia, sino garantes de la justicia medioambiental. La tecnología no es un fin, sino un medio para no dejar a nadie atrás.

Aquaman no promete milagros. Promete mantenimiento predictivo, filtros digitales, blockchain de agua. Promete redes que no se rompen, datos que no se ocultan, comunidades que no se ignoran. Es el rey que no olvida las periferias.

Su diálogo es nuestro dilema

Poseidón y Aquaman no se parecen. Pero en su diálogo -a veces tenso, a veces sinérgico- se juega el futuro del agua. El primero nos recuerda el límite. El segundo nos muestra la posibilidad. El primero es memoria. El segundo es visión. ¿Y nosotros? ¿Dónde nos situamos? ¿Estamos dispuestos a elegir entre control y cuidado, entre eficacia y justicia, entre salpicadero y dignidad?

Los números que no hacen ruido, pero matan

En 2025, según el Informe ODS 2025 de Istat, Italia extrajo 9.130 millones de metros cúbicos de agua dulce para beber. Pero el 42% de esa agua nunca llega a su destino. Se pierde. Se dispersa. Se disuelve. Y a medida que las redes de agua se desmoronan, crece la desconfianza hacia el agua del grifo. En muchas ciudades, los hogares prefieren comprar botellas, alimentando un ciclo de residuos, plástico y desigualdad.

A veces, las buenas noticias pasan a un segundo plano. Pero hay algunas que merece la pena detenerse a contar. Como la que nos llega desde Milán, donde el Grupo CAP ha desplegado una tecnología sencilla pero potente: una red de sensores instalados a lo largo de las tuberías de la ciudad que detecta fugas de agua en tiempo real (fuente: Grupo CAP, Informe de Sostenibilidad 2025). Esto no es ciencia ficción, es ya una realidad. Y no se trata sólo de números o de eficiencia. Significa aprender a cuidar lo que fluye silenciosamente bajo nosotros.

De esa agua que no vemos, pero que hace posible cada gesto cotidiano. Un bien que con demasiada frecuencia damos por descontado, hasta que falta. Y, sin embargo, ya no podemos permitirnos desperdiciarla. Ni hoy, ni mañana. Porque cada gota cuenta. Y porque hay ciudades -como Milán- que han elegido escuchar su subsuelo, leer sus señales, protegerlo. Un modelo que habla de innovación concreta, y que podría inspirar muchas otras realidades en Italia. Es una forma de respeto: por el medio ambiente, por las personas, por el futuro.

Pero el agua no es sólo lo que bebemos. Es lo que nos permite vivir con dignidad. Y aquí el panorama mundial se vuelve más duro. Hay cifras que no gritan, pero hablan alto. No aparecen en los titulares, no hacen ruido. Sin embargo, cuentan una realidad que debería inquietarnos. Según la OMS y UNICEF, más de 3.400 millones de personas -casi la mitad del planeta- siguen viviendo sin un saneamiento adecuado. Para 1.700 millones de ellas, disponer de un retrete seguro no es una certeza, sino un sueño. Un gesto cotidiano que se convierte en un privilegio.

Cuando falta el saneamiento, no sólo falta la higiene. Es la seguridad, la salud, la dignidad cotidiana. Las enfermedades se propagan más fácilmente, las mujeres a menudo se ven obligadas a exponerse en lugares aislados o inseguros, los niños crecen en entornos que ningún niño debería conocer. No sale en las noticias, no aparece en los titulares, pero es una herida abierta. Una crisis silenciosa que sigue afectando a millones de vidas, cada día, lejos de los focos. Afortunadamente, hay ejemplos virtuosos y concretos que dan esperanza. En Ruanda, el programa «Smart Sanitation» ha introducido aseos digitalizados en zonas rurales, equipados con sensores para controlar la higiene y el mantenimiento, reduciendo drásticamente los riesgos para la salud y mejorando el acceso de las comunidades más vulnerables (fuente: Fondo de Innovación de UNICEF, 2024). Un ejemplo concreto de cómo la sostenibilidad digital puede traducirse en dignidad cotidiana.

Incluso en el corazón palpitante de la infraestructura digital, algo está cambiando. No se trata sólo de servidores más rápidos o algoritmos más inteligentes, sino de una nueva conciencia: incluso los centros de datos, esos gigantes silenciosos que impulsan nuestra vida en línea, consumen agua. Mucha agua. Sin embargo, hay quienes han decidido invertir el rumbo. Como Microsoft, que ha diseñado centros de datos «cero agua», capaces de eliminar la evaporación en los sistemas de refrigeración y ahorrar hasta 125 millones de litros al año por instalación (fuente: ESG News). Un gesto concreto, que nos recuerda que la sostenibilidad digital no sólo tiene que ver con la energía, sino también con el agua, ese bien frágil que con demasiada frecuencia damos por sentado.

Mientras tanto, el mar también se está convirtiendo en un recurso. En países como Singapur, Israel y España, las plantas desalinizadoras se están convirtiendo en actores clave de una nueva estrategia de resiliencia hídrica. Tecnologías de bajo impacto transforman el agua salada en un recurso potable e industrial, alimentando ciudades, industrias e incluso aplicaciones digitales con una eficiencia que hasta hace unos años parecía imposible (fuente: Genesis Water Technologies). Es la innovación que no consume, sino que regenera. Que no se limita a extraer, sino que devuelve.

Necesitamos un dios y un rey. Pero también ciudadanos conscientes

En un mundo que corre el riesgo de convertir el agua en una mercancía digital, necesitamos arquetipos. De figuras que nos ayuden a pensar, a sentir, a elegir. Poseidón nos recuerda que el agua es sagrada. Aquaman nos muestra que se puede proteger de forma inteligente.

Pero no son suficientes. Necesitamos ciudadanos concienciados. Políticas valientes. Tecnologías transparentes. Necesitamos una cultura del agua que no se limite a medirla, sino que la honre. Que no la dé por sentada, sino que la defienda.

Al fin y al cabo, la sostenibilidad digital no es sólo una cuestión de eficiencia. Es una cuestión de justicia, transparencia, imaginación. Y de valentía. Porque si no estamos dispuestos a replantearnos nuestra relación con el agua -y con el poder que la gobierna- corremos el riesgo de despertar en un mundo donde el oro azul sólo será accesible para quienes puedan permitírselo. Y donde los nuevos Poseidones no serán dioses, sino servidores.

Beppe Carrella
ESCRITO POR Beppe Carrella

Luca Sesini
ESCRITO POR Luca Sesini

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