El encuentro entre una teoría chiflada y las teorías eugenésicas nazis
Cuando hablamos de científicos, nos imaginamos a investigadores con autoridad trabajando en laboratorios futuristas, ocupados en recopilar datos precisos y elaborar teorías originales que, aunque a veces resulten casi incomprensibles, están sin embargo respaldadas por pruebas sólidas y, sobre todo, verificadas por la comunidad científica. Luego, hay casos aparte. Como el de Cyril Burt, un psicólogo británico que ha convertido la idea de «ciencia» en una parodia. No es que Burt sea un charlatán declarado, ni mucho menos. Más bien, se hizo famoso por crear uno de los engaños más colosales de la historia de la psicología: una «obra maestra» que combina ciencia, datos falsificados y… personas que nunca existieron. Y que está trágicamente entrelazada con las peligrosas teorías eugenésicas nazis.
El comienzo de una carrera brillante
Cyril Burt nació en 1883 en el seno de una respetable familia inglesa. Tras estudiar en el prestigioso St. John’s College de Oxford, donde se licenció en Ciencias Naturales, Burt emprendió su carrera académica. En 1911 se trasladó a la Universidad de Londres, donde empezó a trabajar como investigador. Pero no fue su inteligencia lo que le hizo famoso, sino su extraordinaria habilidad para obtener datos que confirmaban teorías preexistentes. Ah, la investigación científica… ¡ojalá fuera tan sencilla para todos! Burt no está especialmente interesado en la vía tradicional del descubrimiento. Al contrario, prefiere tomar la vía «rápida»: si los experimentos no concuerdan con tu teoría, arregla los experimentos. «Si la realidad no te sonríe, ¡crea tu propia realidad!».
El crecimiento de un mito y las teorías genéticas nazis
En 1921, Burt empezó a desarrollar su teoría sobre la inteligencia hereditaria. Según él, la inteligencia no depende tanto del entorno o la educación, sino que es una característica genética, transmitida de padres a hijos de forma básicamente predestinada. Pero, ¿cómo demostrar científicamente tal teoría? La ingeniosa idea de Burt es basarse en estudios de gemelos idénticos separados al nacer, un método que parece perfecto para aislar la influencia del entorno.
Durante la década de 1940, la influencia de Burt creció y su teoría sobre la inteligencia hereditaria se convirtió en una de las más respetadas de la psicología británica. En 1943, Burt fue elegido miembro de la Royal Society, consolidando así su prestigiosa posición. Pero sus teorías no quedan confinadas únicamente a la psicología académica. Ganan atención fuera de los límites de la ciencia, e incluso más allá del Canal de la Mancha, encontrando un peligroso punto de apoyo … en las teorías raciales y eugenésicas que en ese mismo momento se estaban extendiendo, como un peligroso cáncer, por todo el continente.
Las ideas de Burt, que subrayan la importancia de los factores genéticos en la inteligencia, son bien recibidas en los círculos que pretenden justificar las políticas raciales y discriminatorias. Durante las décadas de 1930 y 1940, las teorías raciales del nazismo se basaban en una concepción muy similar a la de Burt: la inteligencia se considera una dotación biológica, determinada principalmente por los genes, es decir, la raza. No es sorprendente que las teorías de Burt fueran utilizadas por los teóricos del régimen nazi para justificar la primacía de la raza aria, la eugenesia y otras políticas de supresión de otros pueblos, favoreciendo la selección «forzada» de los mejores genes.
Sus «descubrimientos» encontraron terreno fértil en los años cuarenta no sólo entre los eugenistas y los teóricos del nazismo, sino también entre todos los demás racistas -ocupados en colonizar medio mundo- que utilizaron sus ideas para justificar políticas raciales sin escrúpulos.
En su libro The Genetics of Genius (La genética del genio), publicado en los años 40, Burt intenta confirmar que las diferencias de inteligencia entre razas se explican en gran medida por diferencias genéticas. Aunque nunca utiliza el término «superioridad racial», sus afirmaciones dan a entender que las razas «inferiores» están genéticamente predispuestas a una inteligencia inferior.
Inteligencia hereditaria
En el curso de sus investigaciones, Burt publica numerosos artículos en los que describe casos de gemelos separados al nacer que obtienen resultados idénticos en los tests de inteligencia, lo que demuestra la tesis de la inteligencia hereditaria. Según sus estudios, estos gemelos tienen capacidades cognitivas similares a pesar de haber crecido en entornos completamente distintos. Extraño.
¿Y cómo es que nadie sospecha nada? Porque, como hemos dicho, Burt es un miembro respetado de la comunidad científica, con amigos en las altas esferas, incluso fuera del Reino Unido, y nadie corre el riesgo de cuestionar su integridad. Quienes se atrevan a interponerse podrían poner en peligro sus carreras científicas, ganadas con tanto esfuerzo.
Pero ojalá hubiera sido tan fácil encontrar parejas de gemelos separados al nacer….. Burt, de hecho, no se limita a buscar y estudiar tales gemelos. Lo que al principio parece una investigación prometedora pronto se convierte en una gran invención. Burt empieza a «crear» datos, a inventar gemelos que, en realidad, no existen. Sus informes, que en 1955 incluían 21 pares de gemelos, crecen año tras año. En 1958, ya eran 30; en 1966, eran 53 pares, más del doble de los publicados anteriormente. Sin embargo, Burt lleva jubilado desde 1950, a la edad de 63 años, y no puede participar activamente en la búsqueda de nuevos pares de gemelos. Cabe preguntarse cómo consiguió reunir tantos datos en tan poco tiempo.
La respuesta parece sencilla: Burt delega la tarea en sus colaboradoras, entre ellas las investigadoras Margareth Howard y Jane Conway, que llevan publicando numerosos artículos científicos desde los años 50, apoyando y defendiendo las teorías de nuestro científico. Pero hay un detalle que no puede pasar desapercibido: estas dos científicas publican casi exclusivamente en elJournalof Statistical Psychology, una revista editada por el propio Burt.
La comedia se convierte en tragicomedia
Además, el estilo de los artículos es tan similar al de Burt que despierta ciertas sospechas. Aunque pueda parecer una coincidencia, el hecho de que los dos colaboradores dejen de escribir para la revista justo cuando Burt, al jubilarse, cede la dirección de la revista científica, resulta bastante curioso. Y luego está la revelación final, que lo hace todo aún más inquietante.
En 1976, la investigación periodística de Olivier Gillie para el Sunday Times descubrió que, entre 1914 y 1976, no existe rastro alguno en la Universidad de Londres de dos científicas llamadas Margareth Howard y Jane Conway. Para colmo, ninguno de los colaboradores más recientes de Burt puede afirmar haber conocido a estas dos científicas. En esencia, estas dos investigadoras, que habían firmado artículos y reivindicado los éxitos de las teorías de Burt, probablemente nunca existieron. Al igual que las propias gemelas objeto de los experimentos.
Aunque sus teorías son plenamente adoptadas por los teóricos del racismo, la historia de Burt tiene un lado tragicómico. Sus «conclusiones» -basadas en datos falsificados, gemelos inventados e incluso científicos ficticios- son creídas y adoptadas sin mucho cuestionamiento, porque, por supuesto, Burt es un experto respetado. Su carrera, construida sobre estos engaños, demuestra hasta qué punto la comunidad científica puede dejarse influir por la reputación, ignorando signos evidentes de manipulación.
La verdad que surge demasiado tarde
La verdad no salió a la luz hasta después de la muerte de Burt en 1971. Estudios posteriores cuestionaron sus métodos y se descubrieron numerosos errores y falsificaciones en sus trabajos. Pero el momento más inquietante es cuando, en 1976, la Sociedad Británica de Psicología publica los resultados de estudios retrospectivos sistemáticos sobre los gemelos que aparecen en sus publicaciones: nadie puede demostrar que existiera siquiera uno de los tan cacareados gemelos de Burt. Todo lo que parece tener una base científica sólida es una gigantesca invención. Y sin embargo, mientras se desmonta el mito de Burt, su teoría de la inteligencia hereditaria permanece en el trasfondo de numerosos estudios de psicología durante décadas.
El derrumbamiento del mito es inevitable, pero su legado no se olvida fácilmente. La obra de Burt, aparentemente sólida e incorruptible, se convierte en un ejemplo sorprendente de cómo incluso la ciencia puede ser manipulada y tergiversada.
El lado trágico y humorístico
La lección de la historia de Cyril Burt es una advertencia para todos los científicos: nunca crean un hecho que no se pueda verificar. Pero como suele ocurrir en la historia de la ciencia, la línea que separa la brillantez del fraude es a veces más delgada de lo que se cree. También es un ejemplo de lo fácil que es ocultar un engaño tras una respetable fachada de cifras y estadísticas.
Si queremos encontrar un lado cómico a este asunto, podemos reírnos del descaro con el que Burt, ante cientos de críticas y preguntas, siguió manteniendo su condición de «experto». Quién sabe, tal vez si hubiera tenido el «distintivo azul» (que todos conocemos hoy en día en las redes sociales y que garantiza que la cuenta es auténtica y pertenece a una figura autorizada), habría seguido engañando a toda la comunidad científica con una publicación cada semana. Pero hoy, en la era de la transparencia y las comprobaciones cruzadas, habría sido mucho más difícil ocultar un engaño de tal magnitud. ¿O no?
Al fin y al cabo, la historia de Cyril Burt nos recuerda que la ciencia es una búsqueda continua, pero también un asunto extremadamente frágil. Y quizá, al final, la verdadera lección que debemos aprender es: «No es oro todo lo que reluce. No todos los gemelos, y tampoco todos los científicos, son reales».
















